“Here I stand, victorious
The only man who made you come
When you cried you cried for us
And when we died you died alone”
Ghosts
Robbie Williams
Intensive Care
("Aquí me encuentro, victorioso
El único que hizo que te corrieras
Cuando lloraste, lloraste por nosotros
Y cuando morimos, moriste sola")
No sé qué clase de manipulación cultural nos ha llevado a este putrefacto estado de las cosas, pero lo cierto es que es generalizada la idea de que ser romántico es sinónimo de ser pusilánime, agusanado, cumplido, bien mandado, sumiso, hortera, manirroto; en definitiva, un auténtico gilipollas, un niño de pera, el yerno perfecto, el cornudo novio formal, el idiotizado recibidor de la dote, el sufrido y callado cumplidor, el amargado que aspira a penetrar a su prometida con el mismo ánimo que los opositores de provincias se preparan el examen para notarías: con paciencia, resignación, empeño, tiempo y dinero.
Cuando lo cierto que el romántico es quien busca dar rienda suelta al instinto, quien tropezará siempre pero nunca reculará, quien, cegado por un ideal, preferirá perder la vida que perder su sueño, o al menos perder el anhelo de atraparlo algún día. El romántico es, en esencia, un ser inestable, peligroso, antisocial, ciclotímico y algo psicópata. El romántico busca -o buscó, quizás debería hablar en pasado- romper las reglas humanas y divinas, fue en pos de consumirse en una pasión eterna; en última instancia el final era siempre la autodestrucción, al fin y al cabo, la mujer fatal siempre fue la excusa estética para el romántico muriera, lánguido y abandonado a algún veneno, rodeado de melancolía y pesadumbre.
Que Lord Byron se bañara desnudo en la fontanilla del Trinity College o que Larra se volara la cabeza tras su gran fracaso sentimental no aporta ni resta nada a la necesidad de reivindicar ese “virus” que atravesó Europa hace tanto tiempo: matarse por amor probablemente sea una estupidez equivalente a desperdiciar la vida viviendo 85 años como una marioneta. No existen guías ni manuales, pero lo cierto es que cuando más arriba o más abajo nos encontramos, más vivos nos sentimos, y quizás eso deba constituir pista suficiente.
¿Y por qué frenarse si uno va a poner en juego solamente la decencia, la educación, la corrección política, las buenas maneras, la costumbre o los convencionalismos?
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