Sigo maravillándome acerca de cómo ciertos individuos se esfuerzan en dar determinada imagen. De alguien quien no son.
Aunque supongo que, al fin y al cabo, todo es una cuestión de perspectiva. Para quien no los haya conocido hasta ahora, estos individuos no “parecen", sino que “son” exactamente lo que andaban buscando: gilipollas de fiesta, gilipollas vestidos a la última, gilipollas con traje y corbata, gilipollas en la playa luciendo abdominales, gilipollas con novia/o del brazo o gilipollas posando como gilipollas en sus perfiles de gilipollas.
Me encanta husmear en los perfiles de Facebook de estos individuos y ver sus fotos, si acaso las tienen, y descubrir qué transmiten y qué pretenden transmitir. Con algo tan inocente como un álbum de vacaciones se dicen muchas cosas: si tu destino es más o menos chachi que el mío, si te vas con amigos más guays que los míos o si tu cuerpo es mejor que el mío. También transmiten muchísimo las posturas, las actitudes, los rictus (también llamados sonrisas, a veces). Es un material sociológico cojonudo. Algún día alguien publicará un libro con cosas de estas, si es que no lo han hecho ya. Y si el libro tiene la suficiente profundidad psicológica, dentro de cien años podrás quemar miles de volúmenes y quedarte únicamente con ese, y habrás entendido cómo funciona nuestra sociedad. Así de simple.
Como yo soy uno más de la manada y este blog no ha dejado de ser una sarta de paridas desde que escribí el primer post, debo aclarar un extremo, antes de que alguien pueda confundir términos. Siempre ha habido y habrá una enorme distinción entre un gilipollas que da la brasa con sus ideas y un gilipollas que da la brasa con todo lo demás. El primero piensa. El segundo solamente tiene de su lado los coches, el dinero, las putas, la ropa y los paquetes vacacionales pijos.
Además, probablemente el primero termine cayéndote mal. Es lo que tenemos, tomamos bando y nos dedicamos a machacar todo bicho viviente. Un día de estos escribiré unas reglas, ja ja.
De nombre, Raymond.
Estoy leyendo un libro de cartas y ensayos suyos que ha tenido, como mínimo, el maravilloso efecto de inspirarme para volver a escribir en este patético blog. ¡Oh, albricias! Volveré a sentir el cosquilleo ególatra cuando algún paciente amigo (todavía me quedan algunos de esa clase) me diga: “ey, has vuelto a escribir, guay".
Que conste que lo estoy haciendo en la oficina, mientras se supone que tendría que estar trabajando. También mientras se supone que he estado trabajando he estado ojeando perfiles en Facebook. De ahí he terminado leyendo un interesante artículo en The Guardian firmado por un desarrollador web. El tío decía:
“Si el tiempo que pierden con Facebook lo emplearan en hacer algo útil, tendrían amigos de verdad”.
Patrick McDermott, CEO de Hibernal Software Inc.
Esto ya se lo he contado a algún amigo, pero quiero compartirlo con el máximo número de gente posible. Al fin y al cabo para eso abrí esto, ¿no? Para comunicarme, porque sentía que tenía muchas cosas que contar… Cosas que, obviamente, resultaron ser un puñado de paridas más o menos ingeniosas de esas que sueltas cuando vas pedo e intentas hacerte el interesante.
Borracho y pretendiendo resultar interesante. Sí, dos estados muy habituales en mí y en mucha otra gente. No sé si a los demás les funciona lo segundo, desde luego a mí, no.
A lo que iba: resulta que me he puesto a ver los perfiles de mis supuestos amigos de Facebook. Son muy pocos, porque nunca le he prestado atención al asunto, me da una pereza terrible. Lo cierto es que me di de alta al recibir una invitación de una piba y lo primero que pensé fue en ver si tenía colgada alguna foto sugerente, pasé por el coñazo de crearme un perfil, etc. y descubrí que la piba en cuestión tenía cuatro fotos de mierda sosas y, aún peor, Facebook debió usar mi PC como un tentáculo suyo más, porque enseguida recibí invitaciones de otra gente que estaba en mi agenda de contactos. Me temo que debieron recibir un e-mail tipo “Yokin quiere ser tu amigo” o algo igual de patético.
Sé que quejarse sobre Facebook es ya un clásico casi igual de añejo e inútil que hacerlo sobre Microsoft, la SGAE o la política exterior estadounidense. Lo que quiero exponer es un problema concreto y práctico, por si alguno que me lea lo ha vivido y puede iluminarme al respecto.
Existe una cosa pérfida en esto de Facebook que es el epígrafe “People you may know": es decir, contactos de tus contactos que a lo mejor conoces. Y, vaya, resulta que a muchos los conoces. Y, vaya, resulta que hay gente que conoce a X y también a Y, aunque tú no tuvieras conocimiento de que X e Y pudieran estar relacionados de ninguna manera. Y puede que de hecho no se conozcan personalmente, pero… mierda, si ya tienen en común conocerte a ti y a otro más… ¿qué tipo de peligrosa maraña es esta?
Pondré un ejemplo concreto: resulta que Ana y Emma (que nunca pensé que se conocieran) tienen en común a un tal Carlos. Si yo me he follado a Ana y quiero follarme a Emma, ¿cómo puedo fiarme de que el tipo ese no las ha puesto en contacto y ahora Emma ya sepa lo que pasó con Ana? (Imaginemos que Ana le cuenta lo malo que soy en la cama o el hecho de que Ana y yo nos liáramos le supone un problema moral a Emma, etc.)
Pongamos que me follé a Carmen, que es amiga de Mar (a la que también me quiero follar, claro). Como Mar y Emma tienen un vínculo directo y encima Emma y Carmen están en contacto con un tal Agustín, ¿se puede saber qué mierda es esta?
¿Cómo uno va a pretender tener un plan B si todo dios empieza a estar relacionado? ¿Cómo vas a mantener una agenda paralela si se te empieza a mezclar la gente de la facultad con la del barrio o con la del trabajo? ¿Quién me asegura que nadie se va a enterar de que me follo a Patricia, a Susi o a Carolina si Paola o Mar tienen a Emma (amiga de Patricia) o a Héctor o a Varela (relacionado con todos por vía doble) como contactos?
¿Pero de qué coño estoy hablando? ¡Si el primer y más peligroso contacto soy yo mismo! ¡Yo las estoy poniendo en contacto!
Alguien podría decirme: “pues bórrate de Facebook y cambia de amigos". Lo sé, y digamos que en esas estoy. Pero me refiero a algo más profundo: dada la puta manía que tiene un montón de gente en estar en contacto mutuo a través de un montón de redes, ¿será posible, llegado el día, mantener la independencia de los diferentes grupos de gente que conozcas? Es decir, ¿es que acaso a la gente no le apetece simplemente no estar relacionado con un tercero o, en caso de estarlo, no saberlo, cojones?
Bah, a la mierda. Me he quedado a gusto escribiendo esto, que es lo que cuenta. Seguiré intentando follar lo máximo que pueda. Eso sí, creo que voy a empezar a pasar de las conocidas/amigas, una desconocida me resulta mucho más adecuada. Porque a) no hay una relación de amistad previa y no hay complicaciones, b) si no me conoce, probablemente le caiga mejor y c) no corro el peligro de que conozca a algún/alguna gilipollas que yo ya conozca (o que se lo/la haya follado).
Hay un último asunto que también me preocupa, este de ámbito laboral: la alta probabilidad de estar encontrándote todo el día con antiguos compañeros de facultad o de trabajo en diferentes sitios (agencias, medios, gabinetes, etc.). Lo bueno es que como en el mundo del periodismo y derivados somos todos unas putas, pues no hay mucho problema.
Haciendo un ejercicio de inducción, me preocupa sobremanera otro gran asunto, la mierda de las fotos: no ya porque salga gordo, con ojeras, con entradas o bizco, no. Es el hecho de estar ahí. Es como la mierda esa de que te “googleen", que busquen tu rastro por internet. Sé que no debería importarme, después de tres años y medio vertiendo toda mi basura en este blog. Pero… joder, para eso tengo un apodo, ¿no? ¿A quién coño le importa cómo sea yo físicamente? Solamente dos veces he actuado en cortometrajes que están colgados en internet, y fue por pura necesidad. Dejando a un lado eso, solo hay dos fotos mías que yo haya colgado, y una está manipulada hasta hacerme casi irreconocible.
Bueno, supongo que, al fin y al cabo, es una cuestión de diferencia de caracteres. Hay gente a la que le encanta verse en una web, yo lo aborrezco. No voy a juzgarles, les mola y punto. A mí, no.
En última instancia, no tengo mucho que perder. Casi todo lo que cuento aquí es medio mentira, y el resto es agua pasada que a nadie le importa. Y, de importar, ya no se puede hacer nada al respecto. Los demás, que se lo pasen bien con sus redes.
“Here I stand, victorious
The only man who made you come
When you cried you cried for us
And when we died you died alone”
Ghosts
Robbie Williams
Intensive Care
("Aquí me encuentro, victorioso
El único que hizo que te corrieras
Cuando lloraste, lloraste por nosotros
Y cuando morimos, moriste sola")
No sé qué clase de manipulación cultural nos ha llevado a este putrefacto estado de las cosas, pero lo cierto es que es generalizada la idea de que ser romántico es sinónimo de ser pusilánime, agusanado, cumplido, bien mandado, sumiso, hortera, manirroto; en definitiva, un auténtico gilipollas, un niño de pera, el yerno perfecto, el cornudo novio formal, el idiotizado recibidor de la dote, el sufrido y callado cumplidor, el amargado que aspira a penetrar a su prometida con el mismo ánimo que los opositores de provincias se preparan el examen para notarías: con paciencia, resignación, empeño, tiempo y dinero.
Cuando lo cierto que el romántico es quien busca dar rienda suelta al instinto, quien tropezará siempre pero nunca reculará, quien, cegado por un ideal, preferirá perder la vida que perder su sueño, o al menos perder el anhelo de atraparlo algún día. El romántico es, en esencia, un ser inestable, peligroso, antisocial, ciclotímico y algo psicópata. El romántico busca -o buscó, quizás debería hablar en pasado- romper las reglas humanas y divinas, fue en pos de consumirse en una pasión eterna; en última instancia el final era siempre la autodestrucción, al fin y al cabo, la mujer fatal siempre fue la excusa estética para el romántico muriera, lánguido y abandonado a algún veneno, rodeado de melancolía y pesadumbre.
Que Lord Byron se bañara desnudo en la fontanilla del Trinity College o que Larra se volara la cabeza tras su gran fracaso sentimental no aporta ni resta nada a la necesidad de reivindicar ese “virus” que atravesó Europa hace tanto tiempo: matarse por amor probablemente sea una estupidez equivalente a desperdiciar la vida viviendo 85 años como una marioneta. No existen guías ni manuales, pero lo cierto es que cuando más arriba o más abajo nos encontramos, más vivos nos sentimos, y quizás eso deba constituir pista suficiente.
¿Y por qué frenarse si uno va a poner en juego solamente la decencia, la educación, la corrección política, las buenas maneras, la costumbre o los convencionalismos?
¿Tiene sentido irse a Australia a aprender inglés? Quiero decir, allí son angloparlantes, pero… para ir solamente a aprender inglés, ¿no sería mejor Reino Unido, Irlanda o, si te pones así, Estados Unidos? Aunque solo sea por no irte a las antípodas…
Ah, que ya has estado en aquel país, y te encantó la gente, las playas, el desierto, la fauna, el surf. Vas a estar un año sabático, o casi: simplemente apuntado a una academia y estudiando inglés. Tienes 26 palos y todavía no has trabajado en nada relacionado con tu carrera. Has decidido darte un último año de placer, uno más, antes de comenzar una perra vida laboral. Estás rodeado de gente que te mira con cara de “pero qué morro tienes". Quizás trabajes en algo estando allí, para que parezca que no todo es chupar del bote. Unas horas al día, aunque sea. En un Starbucks o en un McDonald’s, algo así. ¿Habrá Caffè Nero en Sidney? En los de Londres era fácil que te pillaran para currar…
Hay que hacer esfuerzos por no caer en una actitud de reprimenda: va siendo hora de que madures, habrá que currar un poquito, ¿no? Toda la puta vida viviendo como dios y, encima, ahora un pedazo de viaje de un año… claro, como pagan papá y mamá… así, cualquiera. ¿Así, cualquiera?
Para viajar y tirarte un año haciendo lo que te sale de la polla necesitas dos cosas: pasta y ganas. Pasta, a lo mejor tienen tus padres (total, por unos miles de euros más que se vayan a gastar… ya se los devolverás cuando curres, si eso). Pero, ¿y ganas? ¿De verdad tienes ganas de estar un año fuera? ¿De verdad, por mucho que digas, serías capaz de decirle a tu piba que te largas un año a un sitio al que es probable que solo te pueda visitar una vez porque está al otro lado del puto planeta? ¿De verdad no sospechas de ti mismo como alguien que nunca daría ese paso, irte a tomar por el culo por ahí, incluso teniendo la pasta?
Una vez, un compañero de mi antiguo curro me contó que el tatuaje que llevaba se lo había hecho en un país del sudeste asiático. Me contó que se había planificado un viaje de un mes o dos, pero que terminó quedándose cuatro o seis, no recuerdo. Yo dije algo así como “joder, qué curioso, tiene que molar” o algún otro topicazo por el estilo. Él me recomendó viajar allí, pero con una advertencia: “haz ese viaje antes de los 30, porque si no, nunca lo harás".
Probablemente no pase nada si ahora coges algo de dinero ahorrado, dejas tu trabajo y vuelves dentro de un año. Haces unas cuantas entrevistas y es posible que te termine saliendo algo parecido a lo que ya tenías (y si eres un enchufado, ya ni te cuento; me hace gracia la gente que va pontificando -o peor aún, quejándose- cuando en su puta vida han tenido que luchar por un curro). Yo, particularmente, excepto a EE UU, no tengo gran interés en viajar durante largas temporadas a ningún sitio. No sé, no tengo ese espíritu: me he dado cuenta a lo largo de los viajecillos que me he ido haciendo en los últimos años. Soy un turista puro y duro: una semanita o quince días por ciudades o países me parecen más que suficientes. No me va el rollo de esa gente que siempre están de aquí para allá, incapaces de asentarse en un sitio. “Me gusta conocer mundo", te dicen. Malviven currando en cuatro mierdas y siempre pensando en el siguiente destino: 6 meses aquí, un añito acá, año y medio acullá. Me pregunto si no estarán huyendo de sí mismos, incapaces de comprometerse con algo.
Pero, ¿eso es excusa suficiente para no plantearse el reto -sí, reto- de mandar todo -temporalmente- a tomar por saco y dedicarte un tiempo -seis meses, un año- a ti mismo y probar qué se siente estando solo como un perro en la otra punta del mundo? Es decir, la gran pregunta: ¿empezar ahora lo que va a ser el resto de tu puta y rutinaria vida o darte un último homenaje?
Por otro lado, ¿no es quizás este un buen momento para dejar de imaginar gilipolleces y empezar a ganarte la vida? Es decir, currar, ganar pasta, independizarte de verdad (es decir, que tus padres no te tengan que ayudar a llegar a fin de mes)… En definitiva, dejar de ser un niñato para ser un tío. Y eso quizás incluye abandonar las paridas más o menos idealizadas ("quiero viajar, ver mundo, etc."), especialmente porque no todo es blanco o negro: ni yéndote por ahí a dar tripazos va a ser la polla ni empezar a currar y tener ciertas responsabilidades va a ser el comienzo de tu decadencia.
Un buen día, se puso un escotazo: no era más que una camiseta de color verde (o blusa, pero este término parece condenado a pertenecer al vestuario de señoras) y, supongo, un buen sujetador, pero el efecto era magnífico. Dos pechos redondeados, de un tamaño proporcionado y de piel suave, clara, que debían de ser una delicia para lamer, acariciar y morder. Y ese buen día me dije que a mí mismo que me la quería follar.
La conozco desde hace casi diez años (dios mío), y durante gran parte de este tiempo no ha sido para mí más que una compañera de clase, una amiga a la que no prestaba la misma atención que a otras. Durante mucho tiempo no me resultó atractiva, hasta el punto que hacía bromas a su costa (siempre de buen rollo, eh) como quien hace bromas sobre cualquier otro colega (yo no soy gay, para los gays este ejemplo tendría que ser “como cualquier otra colega"). Es decir: era su amigo y punto, sin aviesas (y naturales) intenciones detrás (con casi todas mis amigas y conocidas me pasa que también me las quiero follar, lo cual puede llegar a ser un problema, dado el caso. Excepto con las feas, aunque a veces mi avidez sexual me empuja a fantasear con ellas, todo sea dicho).
Un buen día, se me empezó a pirar la pinza con la idea de conseguir algo, de intentarlo, de mover ficha. No sé muy bien por qué, en lugar de tomármelo con frialdad y calcular algún movimiento estratégico (es decir, lo que se conoce como “montárselo bien"), cosa que alguna que otra vez he sido capaz de hacer y con gran éxito; en lugar de hacer eso, decía, empecé a comportarme como un lunático con ella. Probé aproximaciones absurdas. La falta de naturalidad en la conversación se convirtió en una constante. Ella lo sabía, yo lo sabía y ella sabía que yo lo sabía; como una vez vi en una serie, también era probable que ella supiera que yo sabía que ella sabía que yo lo sabía. Por una vez, no supe gestionar el estatus de “amiga a la que te quieres follar y lo sabe".
Llamar al móvil varias veces y gritar “me gustaría verte” borracho como una cuba no es un buen camino hacia el éxito con según qué chicas. En este caso no lo fue.
La concurrencia de otros objetivos y la resaca del ridículo me llevaron a una época de apaciguamiento, debidamente salpimentada por accesos de exaltación paranoico-sexual que algún buen amigo tuvo la paciencia de soportar. Qué pesado he llegado a ser, por dios. Fue la época en la que solo en la habitación, empanado delante de la ventana, me di cuenta de que la chica me gustaba. “No te mola, te la quieres follar mucho, simplemente", me dijo alguien desde el rincón donde dejo las deportivas. Le respondí con una de mis citas, tan inspiradas en Oscar Wilde: “Nunca he llegado a descubrir la diferencia entre ambas sensaciones".
A día de hoy, ahora que no está, me sorprendo de vez en cuando acordándome de ella, pensando en qué situación nos encontramos: si ya ha pasado el momento en el que podría haber habido algo entre los dos o si ese momento está por llegar. Y, si de pasar, qué ocurrirá después. Bueno, más bien: qué quiero que ocurra, o cuál es mi deseo al respecto. ¿Quedar durante una época y follar mucho y punto, o quedar y follar mucho con la idea -y la actitud- de que dure? ¿Es decir, saldría con ella?
Me temo que eso es algo que solamente descubriría con el tiempo, y me temo que quizás ella no esté por la labor de confiarme ese tiempo. ¿O quizás sí? Hay otro problema: mis intenciones de follarme a dos de sus amigas más cercanas no ayudarán en nada. ¿O quizás sí? Ja, ja, soy un cachondo.
Mierda, incluso hacerle caso y escribir este post sobre ella no ayudará en nada. ¿O quizás…?
Si hay algo que me mueve a luchar contra la pereza y la arrolladora fuerza de la falta de responsabilidades es el vislumbre de un reto. Si ese reto tiene que ver con el ego, la escritura y el sexo, pues ni te cuento.
De vez en cuando, ante la abrumadora tarea de mantenerme al día (prensa, películas, libros, cómics, videojuegos, museos, eventos sociales de otro pelaje, idiomas, el puto escribir) me pregunto el porqué de esa carrera. ¿Por qué, cuando salgo de trabajar y hay algo esperándome, no soy capaz de apartarlo y dedicarme, simple y llanamente, a verlas pasar? El hecho de estar escribiendo en un medio público sobre esto ya me aventura la respuesta: por ego. De hecho, para empezar, ¿por qué cojones seguir, después de tres largos años, manteniendo con mortecino pulso esta página?
El otro día tuve un revelador intercambio de e-mails con una amiga. Más concretamente, con una amiga de la que me gustaría disfrutar mucho más que su amistad, y ante ella reconocí mis arteras maniobras para escribir y lanzar indirectas a personas que probablemente me terminen leyendo. Confesé a medias mis técnicas disuasorias y la realidad que subyace: incluso cuando resulta que alguien considera que lo que he escrito es emotivo, siempre hay una sucia esencia en su interior. Hasta a mí me sonaron huecas mis disculpas.
¿Es, como cada vez que escribo, el ego lo que me mueve a acercarme a una mujer? (Léase por mujer cualquier ser humano de sexo femenino mayor de 16 años) Hasta cuando más seguro creía estar de mis sentimientos, el tiempo me ha demostrado que ciertos actos (infidelidades, trucos, zalamerías) siempre terminaban por aflorar. ¿Terminaban o terminan? Aún no me he demostrado nada (dios mío, “me he", soy incapaz de escapar a esto), pero creo haber encontrado el camino correcto. ¿Y la mujer? Existen unas candidatas, no mentiré. Ahora bien, ¿cuál de ellas?
Dicen que de los fracasos se aprende, y es verdad.
También es verdad que de un largo proceso de fracaso se aprende a vivir con él, de tal manera que al final te has acostumbrado tanto a esa sensación que piensas que las cosas son así siempre. Si no fuera porque tiempo atrás viviste otra cosa diferente, pensarías que no hay alternativa.
¿Qué haces cuando empiezas a ver que algo se estropea, poco a poco, y no hay remedio? ¿Lo tiras todo por la borda, cuanto antes, para no sufrir o decides aferrarte a alguna esperanza para, finalmente, verlo naufragar igualmente? Es decir, ¿lo asumes y lo rematas tú mismo o te empeñas en salvarlo, aunque ya no hay posibilidades?
Algo así deben sentir los románticos capitanes de barco de las novelas de aventuras: el navío está cayendo, nada se puede hacer y, sin embargo, no terminan de abandonarlo.
Algo así sientes a veces por una persona. ¿Qué haces entonces?
Un amigo dijo el otro día algo tan terrible como obvio: que cualquier vivencia amorosa, por mucho que nos duela, con el tiempo no pasa de ser una mera anécdota, algo de lo que te terminas riendo. Que lo que ahora tanto te hace reír o llorar acabará siendo un pequeño recuerdo anestesiado.
Miro a esa persona a los ojos y pienso esto, y siento un miedo paralizante. No sé si apartar la vista hacia alguna cómoda distracción.
La semana pasada escribí sobre la fidelidad, y temo haber dado una impresión de mí mismo como alguien demasiado complaciente e instalado en la comodidad de quien no se plantea el reto de apostar y mantener un compromiso. En justa defensa, he de decir que anhelo con todas mis fuerzas encontrar alguien con quien forjar ese compromiso. Lo que ocurre es que no estoy ciego y son muy impresionable, así que no puedo evitar verme afectado por la maraña de engaños, ocultamientos y manipulaciones que observo todos los días en todo tipo de parejas.
De ahí que huya de prometer la luna y asegurar que sí, que la amo y que no de este agua nunca beberé para, tiempo después, mirarme al espejo y descubrirme desdiciendo mis palabras a base de sexo. Pretendo ser sincero conmigo mismo y con los demás. Sobre todo pretendo, también, demostrarme algún día que puedo no pensar con la polla.
Hace un par de días cenaba en un restaurante chino y salió en la conversación el post del pasado domingo. Me preguntaron a qué chica me refería cuando escribí “Me encantaría conocer a alguien especial -de hecho, creo que la conozco-, pero una serie de frustrantes circunstancias no dejan de impedirme ser feliz en pareja". Respondí enseguida dando el nombre de una, sabiendo que mi interlocutora estaba pensando en otra. Un amigo tenía en mente a una tercera, aunque yo pensaba que se refería a una cuarta. En aquel momento disimulé, pero creo que no demasiado bien: empecé a dudar y a mezclar los diferentes sentimientos que guardo hacia cada una de ellas (menos con la tercera, a quien solamente quiero follarme, aunque antes estaba loco por ella). Es lo que denomino estar hecho un puto lío.
Mientras, los días pasan rápido. La gente se embarca en proyectos de vida más o menos serios y merecedores de sacrificios. Yo sigo dando vueltas. Bueno, al menos ahora tengo trabajo, pero hace cuatro meses no lo tenía y no sé si lo tendré dentro de otros cuatro. Cuando no tienes trabajo piensas demasiado. Tiendes a pensar que estás empezando a ser un fracasado.
Conozco a varias personas que no dejan de hablar de su novia. Cada dos por tres la traen a colación, a veces de la manera más absurda. Normalmente esas personas tienen un perfil lleno de inseguridades y paranoia, y parecen buscar reafirmarse en cierta posición social para no sentirse apartados, menospreciados o descalificados por los demás (en realidad, están proyectando sus miedos, claro, son ellos los que apartan, menosprecian o descalifican). Yo nunca he sido así ni creo que lo sea, me da mucha vergüenza estar todo el día con la cantinela de que si mi novia me llama, que si hemos hecho esto o lo otro, que si es así o asá.
Me consuela saber que incluso estas personas que parecen tan seguras de lo que sienten y de la fortaleza de la relación en la que están inmersas, incluso estas personas están tan perdidas como yo. Bailemos, entonces.
Ana escribió hace unos días un post sobre la fidelidad. Cuando he querido añadir mis reflexiones he visto que ya había tal cantidad de comentarios que me he sentido abrumado, así que aprovecho que tengo mi propio blog para añadir un poquito más de roña a la basura informativa que internet acoge siempre con tanta generosidad.
Recuerdo cuando, a veces, estaba en un garito y le gritaba al oído a alguna tía que escribo un blog. Qué patetico, jaja.
La fidelidad. Recuerdo cuando empecé a salir con una chica encantadora que vino a por mí a saco y, claro, yo la recibí con los brazos abiertos. Recuerdo que cuando apenas llevábamos un par de semanas juntos (semanas muy intensas, eh) no pude resistirme cuando se me tiró al cuello una compañera de clase que me molaba desde hacía tiempo y, claro, me enrollé con ella. Es verdad que al rato de darnos el palo paré y balbuceé algo así como “verás, no sé si esto está mal o está bien, pero creo que no puedo seguir".
Tiempo después, la que vino a por mí a saco me dejó por otro. Probablemente me puso los cuernos antes de dejarme tirado. Tiempo después, yo salía con la compañera de clase que me molaba desde hacía tiempo y conocí a una tía en un museo. ¿Ya he contado esto antes? Me enrollé con esa (nada de sexo, desafortunadamente). El destino quiso que la compañera de clase y yo estuviéramos unas tres semanas en ciudades diferentes, semanas que yo aproveché para enrollarme con otra (nada de sexo de nuevo, desafortunadamente, estrecha de los cojones).
Desde entonces no he estado con nadie en serio. Me encantaría conocer a alguien especial -de hecho, creo que la conozco-, pero una serie de frustrantes circunstancias no dejan de impedirme ser feliz en pareja.
Entre esas circunstancias estoy yo mismo.
Por eso no puedo evitar escuchar y leer las opiniones de la gente sobre la infidelidad como si lo hiciera a través de un cristal: me llegan lejanas, borrosas. A mí me vale con sobrevivir, sobrevivirme. De qué me vale filosofar sobre mi relación si a lo mejor en 5 minutos se me cruza por delante la mujer más maravillosa que haya conocido nunca. De qué me vale darle vueltas si luego me sorprendo convertido en un auténtico pusilánime, o en un genuino manipulador.
En todo este tiempo no he dejado de imaginar, intentar, probar, mentir, confesar. A veces, el gesto más mísero me hace un daño terrible, y me deja abatido durante semanas. Otras, una ruptura solo me provoca una pequeña frustración, normalmente asociada al hecho de que no voy a poder seguir follándome a la chica en cuestión.
Muchas veces me pregunto a qué estoy destinado. Me veo a mí mismo terriblemente solo. Me pregunto qué hubiera pasado si, hace siglos, hubiera hecho otra cosa diferente de lo que hice. Creo que ese es mi problema.

Ana tiene grandes ideas. La última es relativa a ese mimbre que llamamos relación de pareja: ha sugerido una lista de, por así decirlo, circunstancias que cuando se cumplen son indicativo de que estás saliendo con alguien, pero saliendo de verdad; es decir, que sois lo que se suele llamar “novios".
Por ejemplo, Ana ha escrito, entre otras, que se puede decir que sois novios cuando habéis pasado un fin de semana de vacaciones juntos y no se os ha hecho largo.
Mucha gente ha sugerido un buen número de estas situaciones, puedes leerlas en el anterior link de las palabras “La última".
Esto me ha hecho pensar. He vivido pocas, muy pocas, situaciones de las que la gente ha escrito. Me he imaginado viviéndolas. Para consolarme he adaptado algunos recuerdos y los he hecho pasar por alguna de las de la lista, en plan “sí, bueno, yo no hice esto, pero hice esto otro que es parecido".
Para ser sincero, reconoceré que al principio todo esto me parecía una gilipollez, hasta que he leído “Te abraza por nada, te da besos por nada y sin pedir permiso, te cocina o te trae un regalo por nada", firmado por una tal Denise.
Es divertido y cómodo instalarse en un estado mental que podríamos bautizar como de “no exigencia". Estoy con una pareja, estoy más o menos bien, no veo más allá. Pero no veo más allá porque, ojo, no quiero mirar más allá, que es bien diferente: no querer mirar por miedo a cómo reaccionaremos es a lo que me refiero con estado de no exigencia.
Por otro lado, estar siempre de aquí para allá con una y con otra sin plantearse siquiera el sentimiento propio -no digamos ya el ajeno- es también un estado de no exigencia. El temor a la autoexploración se muestra de manera aún más obvia en este caso.
Se me ocurre que el fenómeno tiene también su opuesto: el estado de continua exigencia. Volviendo a los ejemplos anteriores, sería aquella persona que disfruta de una relación estable pero no para de forzar el mayor número posible de aventuras sexuales -a espaldas de la pareja, se entiende. Al revés, el tipo (o la tipa) se obsesionan, entre polvo y polvo, con encontrar una pareja definitiva.
Volviendo a la lista, he estado pensando un buen rato y sólo he hallado una cruda constatación: no se me ocurre ningún ejemplo.
28 de mayo de 2006. Alonso gana el Gran Premio de Mónaco de Fórmula 1, varios miembros de la familia Grimaldi felicitan al campeón. Me fijo en Andrea Casiraghi, ese crío de aspecto desastrado, hijo mayor de la princesa Carolina. Andrea lleva unas grandes gafas (creo que negras), las típicas Ray-Ban de los ochenta que mi padre, como tantos otros, tenía. Las gafas de los protagonistas de “Less than zero", las de los Bateman… Le digo a mi hermana: “ey, ¡yo quiero esas gafas!". Ella hace un mohín. Yo continúo: “son la caña, dios, 100% ochentas, jeje. Este tío es un jugón, ya verás cómo se ponen de moda".

La idea de que se pusieran de moda no me terminaba de gustar. Pero pasó la primavera y nadie parecía llevarlas. Llegó el verano y nada, nadie las llevaba. Como soy muy perezoso para ir de compras, no puse mucho interés en encontrar el modelo: si iba por la calle y pasaba por una tienda, pues echaba un ojo, pero nunca preguntaba.
Llegó el otoño, y el invierno. Hasta que en enero de 2007, en una óptica en Sol, las vi: Ray-Ban modelo Wayfarer 2140. Frenando mi impulso de pillarlas en ese instante, primero quise pasar por El Corte Inglés. Esa vez sí que pregunté: las tenían, pero era otro modelo, con la montura menos recta y los cristales ligeramente más pequeños. Volví a la óptica de Sol y me las compré sin dudarlo.
Poco tiempo después, descubro, entre halagado y aterrorizado, un artículo en El País Semanal sobre la vuelta de las Wayfarer: se lanzaba una reedición de algunos modelos, incluído el 2140. Se hablaba de un montón de celebridades que las están llevando en los últimos tiempos. Mierda.
Leo en un par de webs y revistillas que las Wayfarer parecen haberse convertido en un must de lo moderno. En Cannes, Jude Law las exhibió con chulería. Vas por la calle Fuencarral y las ves a puñados. El sábado pasado, en una fiesta en la que había que ir o todo de blanco o todo de negro o llevar los dos colores bien combinados, un tipo se las ponía, aunque era noche cerrada. Para más inri, lo verbalizó: “me he traído las Wayfarer para completar el conjunto, jeje". Mierda otra vez.
Espero que esta fiebre sea como la del modelo Aviator, que duró un año y poquito: ahora, los que las llevan son los mismos que las llevaron antes de que se pusieran de moda. No soy un exquisito de la moda, no voy de guay, de hecho soy de lo más vulgar vistiendo. Pero hay cosas, detalles, de los que me siento orgulloso: tengo unas Adidas, las Marathon 80, que sólo se las he visto una vez a alguien más en más de 3 años. Tengo una cazadora de ante que tiene 26 años de antigüedad, uno más que yo. Tengo una camisa de rayas, marca nisu, de hace casi 20 temporadas. Tengo una chaqueta que costó, al cambio, unos 10 euros, fabricada en una camisería en Reino Unido.
Con las Wayfarer pretendía, de alguna manera, tener un detalle un pelín diferenciador, entre todo mi fondo de armario mainstream. Ahora resulta que no, que este verano esas gafas van a estar hasta en la sopa. Bueno. Tendré paciencia, ya pasará. Y entonces será cuando me las ponga sin sufrir vergüenza ajena.
Este texto pertenece a un e-mail en cadena del futuro. Comenzará a enviarse en la primavera del año 2023, y estará destinado a las personas nacidas entre finales de los años 80 y principios de los 90 del siglo XX.
>>>La generación de aquel principio de siglo…
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>>Los principios de siglo siempre han sido dificiles, y ahora ha llegado la hora de recordar aquellos viejos tiempos en los que el siglo XXI empezaba y nosotros eramos sus conejillos de indias, jejeje… ¿Quién dijo que nacer a finales de siglo veinte era fácil??
Vamos a hacer un repaso por como era nuestra vida entonces…
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>>>¿quién no se acuerda de Gran Hermano, aquel programa de televisión que creó época y que tuvo como 8 o 9 ediciones?? Y de todos los que le siguieron: el Bus (mítico, dando vueltas por España, jaja), La isla de los famosos, luego La selva, el Hotel Glam… con todos esos famosos y pseudos-famosos!! ¡Incluso hubo uno en el que había espiritistas y adivinos, con Rappel!! ¿Os acordáis de Rappel?? El tipo aquel, Con sus gafas y su túnica, qué histórico…
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>>>Por no hablar de Operación Triunfo… ¿cuantos hubo? Debieron ser como 5 o 6… y el único que triunfó fue el Bisbal, jajaja! El año en que Rosa, la gorda fue a Eurovisión, que todo el país se paralizó, para que luego quedara la sexta clasificada.
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>Y luego encima también hubo imitadores, como las putillas aquellas de PopStars,
>y algún otro programa, como el de conseguir una casa, las de ser modelos, es que había de todo, jajaja…
>>>Y es que, en el fondo, si cuando nacimos nosotros empezaron las televisiones privadas (Tele 5, Antena 3, Canal +…) fue en nuestra adolescencia/juventud cuando vimos nacer dos televisiones más:
Cuatro y La Sexta, además de las digitales gratuitas (aquellos descodificadores de TDT, jajaja, menudos cacharros eran). Si la telerealidad no nos mató,no lo hará nadie…
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>>>La verdad es que aquella fue una buena época para las series: ¿os acordais de 24, Perdidos, CSI (Las Vegas, Miami, Nueva York… qué históricas,)?? Y en España Los Serrano, Aquí no hay quien viva, Upa Dance… también marcaron su época, eh?
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>>>¿Y de música? Fue cuando empezaron Amaral, El canto del loco, cuando Shakira se hizo famosa, Beyoncé… y Paulina Rubio!! Os acordais? Si erais así como más modernitos, o tenías un hermano mayor modernito, pues escucharías a Strokes o Franz Ferdinand, cuando surgieron… jeje,qué tiempos.
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>>>También fuimos la generación que jugó a la mítica PlayStation 2… dios, qué vicie… y vimos nacer a las consolas de “nueva generación”: Xbox 360, la Wii (que era un poco gay, no?), la Play3…
y películas!
>Esa sí que fue una época mítica: pudimos ver en cine las trilogías históricas: El Señor de los Anillos, los Episodios I, II y III de Star Wars, la de X-Men, Spiderman… qué grandes!! También la segunda y tercera de Matrix, las de Shreck (cómo molaba, es que te partías de crío), las de Piratas del Caribe…
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>
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>>>Además fuimos la generación que dio el salto tecnológico: el iPod nacio en esos años!! En España empezaba el adsl en Internet (jaja), el mítico Messenger (joder, qué cutre era al principio, dios), las cámaras digitales,
>¿quién no tiene en casa todavía una con 4 o 5 megapíxeles??, jeje. Empezaron los blogs, nos bajábamos música con el e-Mule (tu hermano mayor lo haría con Napster o Audiogalaxy… historicos!!)
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>>y fuimos los más jóvenes en tener móvil, cuando empezó a haber móviles con cámara para fotos y vídeo…
>
>>>
>>Fuimos la generación de cuando Alonso empezó a ganar en la Fórmula 1, Gasol en la NBA, Nadal en tenis, la época de los galácticos en el Real Madrid (si hasta el BarÇa ganó una champions!jajaja)…
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>>>y las ropa que estaban d emoda? Primero las Nike o las Reebok blancas, luego aquellas Converse, o las Vans de cuadros, las gafas esas de aviador Ray-Ban, los pantalones de campana y luego los pitillo, las zaptillas bailarinas (manoletinas)… Y los tíos, que fue la época en la que nació el metrosexual, qué pintas, jaja
>>
>
>>>>>Qué recuerdos… En definitiva, fueron unos grandes años, si nos criamos así y hemos sobrevivido… ¡podemos sobrevivir ahora a cualquier cosa!!

Nota: un año y medio después, Coca-Cola hará un anuncio cómico-melancólico sobre todo esto.
Hubo un tiempo en el que imaginaba que el día 26 de cada mes iba a ser un buen día. Un día especial, que iba a ocurrir algo curioso, divertido, interesante. Esto viene de que el número 26 era lo más parecido a mi número preferido, a mi “número de la suerte", y todo por la soberana estupidez de que el 26 fue, durante casi todos los cursos de EGB, mi número de lista en clase.

Yo era, en general, bastante estúpido.
Obviamente, con el tiempo me di cuenta de que eso de que los días 26 ocurrieran cosas “suertudas” no pasaba. Las chicas que me gustaban seguían haciéndome el mismo poco caso. Nada interrumpía mi tranquila existencia, de casa al cole y del cole a casa.
No ha sido hasta hace más bien poco que he descubierto que, como no seas tú el que se lo curre, a tu tranquila existencia nunca le va a pasar nada interesante.
Hoy es día 26 y apuesta 5 a 1 a que hoy no ocurre nada interesante de todas maneras. Veremos qué pasa en febrero…
• Menos del 1% de las mujeres españolas se consideran guapa.
• Más de dos tercios de las españolas (80%) opinan que ‘los medios de comunicación y la publicidad presentan un estándar irreal de belleza que la mayoría de las mujeres no puede alcanzar nunca.’
• Casi dos tercios de las mujeres españolas (70%) está completamente de acuerdo en que ‘los atributos de la belleza femenina se han definido de forma muy estricta en el mundo de hoy.’
• El 75% dijo a continuación que le gustaría mucho que los medios mostraran mujeres de diverso atractivo físico –edad, tipo o forma del cuerpo y peso-.
• El 14% de las mujeres y el 19% de las adolescentes muestran niveles bajos de autoestima. El 9% de las mujeres y el 13% de las adolescentes desconocen que padecen un desorden alimenticio.

Esto lo he sacado de un estudio que la empresa Dove ha realizado y cuyos resultados dio a conocer al tiempo de su última campaña.
Y, realmente, no sé si lo escalofriante viene del hecho que esos mismos ochentas y setenta y cincos por cientos son los que consumen cosméticos, compran revistas de moda, se enfundan en las prendas de nueva temporada, abarrotan los quirófanos y, oh sorpresa, critican el aspecto de las otras mujeres que las rodean (esto último lo digo para compensar un poco y valorar en su justa medida la “culpa” de los medios de comunicación en todo esto).
Sé que así es el mundo, el aspecto es importante y tal. Lo sé, lo asumo y lo defiendo en ocasiones. Como dijo ayer Scott Adams, autor de The Dilbert Blog, “you practice a little bit of marketing every time you get dressed. We are all in the business of influencing people".
Pero, joder, de ahí a que únicamente el 1% de las pibas se consideren guapas… Esto sí es un problema social. Conozco a montones de mujeres que lo son, y ninguna sale en la portada de una revista.
Allá ustedes, señoritas: sólo les pido que no nos machaquen a los demás con la misma vara con la que se castigan a sí mismas.
Durante agosto, Meetic, el portal de amor y amistad, realizó una ambiciosa campaña en internet que generó un total de 250.000 altas, alcanzando picos superiores a las 15.000 inscripciones diarias. Solo en España, ojo, no te vayas a creer. Todo un acierto empresarial que desvela, a mi parecer, una de las facetas más siniestras de nuestra sociedad.
Y cuando digo sociedad no me refiero a la sociedad de consumo, ni a la sociedad occidental malvada que aplasta al Tercer Mundo, sino que me refiero a lo que te rodea en tu día a día, a esa peña que, junto a ti, puebla tu ciudad. Y si vives en Madrid, ya ni te cuento.
En la tele, en las encuestas y en lo que la gente cuenta que hace, los españoles somos felices, sinceros y desenvueltos. Nos gusta el buen yantar y el mejor beber, follamos mucho y bien, disfrutamos de nuestro tiempo libre y envejecemos risueños.
Pero me temo que la realidad es más bien otra, y creo que la noticia de Meetic lo ejemplifica perfectamente. Muchas personas se sienten –nos sentimos– solas. Algunos no tienen muchos amigos y les gustaría conocer gente con sus mismas aficiones, y se encuentran con un entorno homogéneo, idiotizado y gris, en el que es complicadísimo descubrir los resortes para conocer a alguien interesado en cultivar flores, la literatura rusa o fotografiar aviones.
Otros desearían enamorarse, pero ya sea porque son –somos– tímidos o feos, o un poco maniáticos o simplemente visten sin estilo ni marcas, se encuentran, si salen por ahí a tomarse algo, por ejemplo, con decenas de personas agresivas, altivas, crueles.
Haz la prueba, dime la última vez que conociste a alguien amable en un bar. Y no te hablo de ir de caza a un after, te hablo de simplemente estar por ahí e intentar charlar o bromear con alguien. Es terrible: encuentras miradas reprobatorias, rebosantes de suficiencia, de ego, miradas distanciadas, monstruosas.

Y lo más terrible es que esas chicas o esos chicos que te miran así probablemente estén tan solos como tú, porque de hecho tú alguna vez o muchas también miras así a los que te rodean, ya sea pensando “joder, qué fea", “mira qué freak", “qué mirará ese idiota” o “qué cara de pringao que tiene".
Y esta esquizofrenia colectiva ha convertido internet, que al principio se consideraba poco más que el refugio de pederastas y obsesos, en el único lugar donde uno puede ser auténtico, y entrar en un chat o darse de alta en un buscador de pareja o abrir un blog y hablar de lo que le gusta y, quizás, conocer a alguien con quien llevarse bien toda la vida o enamorarse para toda la vida.
Pero es que no son sólo los bares, discotecas y sitios así. Paso una media de dos horas diarias en el transporte público desde hace seis años, y creo que cada vez lo llevo peor, y no precisamente por ir de pie en el metro o porque haga calor en el bus. Si son lugares casi insoportables para mí es porque se están convirtiendo en lugares humanamente incómodos, valga la expresión: miras a los ojos a los demás y te encuentras solo.
Alguna vez estoy leyendo el periódico y leo algo que me produce ganas de comentarlo con quien tuviera al lado y, no sé por qué, quizás instintivamente, levanto la cabeza y veo a alguien destrozado que me observa como si nos separara una pantalla de cristal. Y yo bajo otra vez a mi periódico y no levanto la cabeza más que para ponerme las gafas de sol y salir del vagón, subir las escaleras y perderme en la calle, camino de casa o del trabajo.
E incluso esto también ocurre en museos, bibliotecas, tiendas y cines. Y quizás lo peor de todo es que quien escribe esto fue y es a veces alguien frío y calculador, egoísta y mentiroso, que manipula y tergiversa para, después de reír triunfal, darse cuenta de que lo hace encerrado en su habitación hablándole a sus libros. Y entonces, esta conciencia, como un animal herido, sale valiente a defender un poco de humanidad, pero, asustada, se vuelve a encerrar en alguna película.
Que siempre puede inventarse una.
Supongo que, cuando no son los llamados expertos en marketing son los sociólogos con mucho tiempo libre y, cuando no, los medios de comunicación en verano, y, si no, siempre la vecina, la portera, la novia o la puta madre que les parió a todos podrá encasillarle en algún lugar.
Ya hace 25 años se comenzó a hablar de yuppies en EE UU, supongo que por aquel entonces en ese país estaban cansados de diferenciar a la población en grupos como negros, zumbados del Vietnam, white trash, indios, chinos, rednecks, wetbacks, babyboomers o campesinos del cinturón bíblico.
O a lo mejor no fue producto del cansancio, simplemente la clase económica dirigente quiso diferenciarse aún más del resto y poder identificarse con un término propio que, como todos los demás, terminó transmutando en un adjetivo con connotaciones despectivas.
La cosa es que, después de que los yuppies dejaran de estar de moda y la nueva fiebre del oro broker terminara (casualmente a la vez que el final de la Guerra Fría), un nuevo tipo social surgió como de la nada: la tonta Generación X, básicamente integrada por niñatos pijos que se sentían perdidos, supuestamente por haber nacido con todo hecho y sin valores -libertad, anticomunismo- por los que luchar. Digamos que estos chicos pensaban “vaya, qué mala suerte, he nacido en una época de mierda, no he tenido la fortuna de luchar en una guerra, como mi hermano mayor -Vietnam-, mi padre -Segunda Guerra Mundial, Corea- o mi abuelo -Primera Guerra Mundial- y ahora me siento un inútil".
Bueno. Así se pasaron los primeros años 90, probablemente la década más aburrida de la sociología estadounidense/occidental, con todos los movimientos sociales más o menos satisfechos (racial negro, feminismo, pacifismo, etc.) excepto el gay, que quizás ha sido la marea silenciosa de los últimos años, porque ha pasado de las catacumbas del misterioso y mortal SIDA de los 80 a ser centro de atención de todo tipo de tendencias.
(Nota: cuando hablo de EE UU hablo también de Europa, pues en líneas generales, excepto las idiosincrasias de cada país, este tipo de fenómenos se han repetido de manera idéntica).

Así que llegamos al siglo XXI, y me temo que, a falta de verdaderos cambios que analizar, el personal no para de darle vueltas a nuevas tontunas que nadie siente vergüenza por calificar como “tendencias, clases o grupos sociales". Primero, a mediados-finales de la década pasada llegaron los metrosexuales. Lo que se supone que era el “nuevo hombre” y que, como toda buena tontería, llenó miles de páginas de revistas de moda y femeninas, se desvanece ahora con la misma facilidad que desaparecen modas como la fórmula calentadores+tacones o las hombreras o la pata de elefante.
Mientras la Cosmo y otras biblias de la nueva sociología buscan denodadamente lo último en cuanto a hombres (no sé dónde se supone que está la nueva mujer), parece que ahora toca explicar el fenómeno de las nuevas parejas. Y hete aquí que se ha resucitado un término: DINK, que ya surgió como apéndice de yuppie y que viene a significar “doble sueldo sin niños".
Es decir, que si estás emparejado -ya seas heterosexual u homosexual- y no tienes niños y no tienes idea de crearlos en el corto, medio e incluso largo plazo por no decir nunca, ya existe una casillita donde meterte, no vaya a ser que tú y muchos como tú os escapeis de la larga mano de los que se dedican a vendernos cosas o los que se dedican a estudiarnos con oscuros planes como vendernos más cosas aún de las que ya tenemos.
Pero quizás aún no tengas pareja, y seas demasiado joven para ser de la X pero demasiado mayor como para engrosar la lista de esa parida bautizada como “generación del pulgar” (por aquello de los SMS y las consolas), quizás tan tonta como la de “la llave” (aquellos niños-cobaya españoles de los 80, los primeros que se criaron en hogares de sólo 3 ó 4 miembros y que, como los dos progenitores trabajaban, volvían solos a casa).
No te preocupes, hay una nueva para ti: los gossip. En inglés, literalmente significa “chismorreo", pero en la nueva acepción es un acrónimo de Gadget Obsessed, Status Symbol Infatuated Professionals: profesional loco por los símbolos de estatus en general y obseso de los aparatitos electrónicos en particular.
Ale, un buen montón de nosotros ya tenemos nuevo apellido. Que sepas que si no te sientes identificado es por una de dos: a)eres un gossip y aún no lo sabes, o b)eres otra cosa y no te das cuenta.
Lo bueno de todo esto es que en un par de años esta nueva parida habrá desaparecido, lo malo es que llegará una nueva. No sé. Un buen número de personas se siente mejor si sabe que pertenece a un grupo o tendencia determinada, ya sea por la ropa, los lugares a los que va o las cosas que hace. Mi consejo para esto es elevar el dedo corazón frente a la pantalla y decir en voz alta “anda y que te den por el culo” y hacer lo que te dé la gana.
Bah, sólo espero que un par de links de éstos te enseñen algo nuevo y que las paridas no te pillen desprevenido/a.
Como este puto blog está medio descacharrado, todo el spam del mundo es bienvenido mientras que los comentarios de personas reales y honestas quedan vetados. Para, de alguna manera, subsanar este error aquí va una pequeña selección de los últimos comentarios:
-Ana, 21 de junio, post #217 “Los vuelos de la CIA":
“Pero si nosotros mismos no ponemos limites, luego no tendremos el “derecho” de poder escandalizarnos cuando cojan a un soldado y lo cuelguen decapitado y quemado vivo. Si entramos a su juego y no tratamos con un minimo de dignidad a los prisioneros, con que cara te escandalizas si asesinan a un periodista en directo porque el gobierno de turno no ha cedido a su chantaje?
Ademas, estamos hablando de una superioridad que le esta permitiendo a EEUU entrar a otro pais “salvaje” para poner orden. No se puede imponer un regimen si por detras estas torturando y haciendo barbaridades a espaldas de la ley, es hipocrita y te rista cualquier credibilidad que pudieras tener.
No estoy diciendo que no haya que tocarles un pelo, solo digo que tienen derecho a un juicio, y que si occidente quiere llegar a algo deberia hacerlo unido y sin este tipo de secretitos que solo crean malestar y desconfianza, y para colmo dan motivos a esos zumbados".
-Barbieturico, 22 de junio, post #216 “El 35, este miércoles":
“ei yokin algún día, si llegas a viejo, no creo que te agrade demasiado que algún niñato que te observa pensara que eres indigno y patético.
saludos”
-Ana, 7 de julio, post #222 “The final countdown":
“Esta cancion me encanta. Me dan ganas de dominar el mundo. No tenia ni idea de lo que decia la letra, sorprendido me has".
-El_Pifa, 19 de julio, post #209 “A la tercera va la…":
“Es lo que pasa en mi ciudad. Los 4 caciques y sus familias contolan el cotarro. Claro te ves a un pipiolo de 18 años con un cochazo comprado por papa en una ciudad que esta en plena reconversión industrial. Despues yo, que tengo mis estudios, me tengo que conformar con trabajar en una puta fabrica. Yo ya lo del coche, el piso y demas, lo he dejado por imposible…".
-Kasposo, 20 de julio, post #179 “¿Quieres saber de música?":
“Pues hombre, la lista no esta mal, pero como dice el segoviano, hay ausencias imperdonables, vamos, dignas de que te fusilen.
Una lista sin Los RAMONES es como un jardín sin flores hombre por dios!! ya no te digo la Velvet-Lou Reed, NY Dolls o Blondie (por nombrar solo a algunos) pero LOS RAMONES, imperdonable.
Y Deep Purple? y los Rolling? y Depeche? y U2? o Killing Joke?
Pero vamos, si vas de “modelno” te has dejado en el tintero algunos grupos muy interesantes:
-The Dandy Warhols
-Weezer
-The Hives
-The Ordinary boys
-The Kills
-The blood arm
-Snow Patrol
-Primal Scream
-Kasabian
-Feeder
-Eels
-City Lights
-Foo Fighters
-Zoot woman
y por supuesto, el mejor grupo de rock de la actualidad, los magníficos e inimitables The White Stripes
Por cierto, veo que también olvidas a todos los grupos digamos Radioheadianos tipo Coldplay, Travis, etc…
Pero bueno, en general no esta mal,te doy un 5 (aprovado raspado ja ja ja) y eso que no has puesto a los RAMONES (fijate que los pongo en mayusculas)
Saludos".
-Ana, 24 de agosto, post #227 “Gato apestoso":
“Isidoro! Lo adoraba de pequeña, y odiaba la pandilla esa del cadillac. Yo solo queria ver a Isidoro, aunque reconozco que la gatita del cadillac le daba mil vueltas a la tonta de Sonia.
El dia que dijeron que quitaban Isidoro de la parrilla llore (tendria 8 años).
Que bien que hayas vuelto, ademas destapando la verdad!!!".
-Emma, 25 de agosto, post #225 “Más momentos teniente: Beck y Morrissey":
“Es una pena que en España como siempre no descubrisemos completamente a los Smiths hasta 1985 y sólo porque participaron en las fiestas de San Isidro y era gratis el concierto, retransmitiendose también por TVE 2. Pero no sé de qué me extraño, aún conozco a gente que no saben quienes fueron The Clash y cosas así.
Porrrrrr cierto Morrisey fue en su día un gran freakito ya que con 6 años se pasaba el día estudiando a Oscar Wilde, como uno que yo me se aunque algo más entradito en años…También era acérrimo de los New York Dolls llegándose a convertir en el presidente de su club de fans y editó un fanzine sobre ellos que se hizo primordial como libro histórico del rock. Hizo otro sobre James Dean así que es bastante pluridisciplinar el chaval. Podeis curiosear mirando por su nombre completo “Steven Patrick Morrisey".
Además parece ser que se lleva mal con casi medio mundo y discutió con toda su banda. Las más sonadas la que tuvo con Mike Joyce que llegó a los tribunales y cuya demanda le hizo perder más de un millón de libras. Merece la pena leer la letra de Sorrow will come in the end http://www.lyricsdepot.com/morrissey/sorrow-will-come-in-the-end.html ya que en ella se despacha agusto con el juez y el fiscal que llevaban su caso. Con Robert Smith de The Cure más de lo mismo, se tiraban una puñaladas traperas de impresión.
No es tan de extrañar ya que él mismo se define com “La respuesta de Manchester a la bomba atómica"… Qué flipao. Personalmente y aunque lo respeto como artista me parece soporifero… prefería a The Smiths. “Everyday is like sunday” me hace dormitar hasta reventar…
AAAHHHH y Beck jajaj yo no sabía que era d ela Cienciología!!!! pero que le pasa a esta gente?! Todos genios de la música y se dejan liar por cuatro mamarrachos que les sacan el dinero?!!! no entiendo!!!!!!
PS:No puedo atribuirme toda esta información a mis propias fuentes. Es justo decir que Xavier Valiño es mi guía, y que su último libro es la caña “El gran circo del Rock". Tú ya sabes cual es Yokin. muaaaaa".
-jennifer, 30 de agosto, post #73 “Jim Morrison (1943-1971)":
“no creo que jim sigo vivo, el amaba a pamela no? y estoy segura de que si estuviera vivo no la abria dejado en tan pesimo estado y morir en una forma tan deprimente".
-Emma, 30 de agosto, post #228 “¿Por qué las mujeres sois tan ridículas?":
“Tienes toda la razón. Pero las tías siempre nos consolamos como los espectadores de “El club de la Comedia". Te ríes en plan: es verdad, yo conozco a una tia asi” No te das cuenta de que la generalización te incluye por muy guay que tú te creas.
Ahora bien cuidado con publicar ese anuncio para tios aquí porque es una gran idea!!!!! yo lo filmaria!!!! teniendo en cuenta que la gente se parte el culo con el anuncio de AXE!
En fín, los hay peores. Como el de la copia horrorosamente burda de Sexo en Nueva York en el anuncio de desodorante, sacando a una tia con la misma ropa y pelo que la protagonista. La gracia de Sexo en Nueva York reside en que es de coña y no conozco a nadie en su sano juicio que lo tome en serio. (si hay alguien… que me disculpe) A mi me gusta ver sus gilipolleces y los vestiditos que sacan.. pero el argumento viene a resumirse en : Me follo a treinta al mes peor luego me pongo delante de un café con mis amigas y me pregunto por qué sigo soltera… a ver…. si vas de soltera independiente.. por qué te agobia estar sola? no entiendo la filosofía… en realidad deberian decir : Estoy soltera, me tiro a mil tios y no tengo ralladuras mentales.
En fin, no es tanto que el anuncio sea perverso, es que yo creo q últimamente las tias no buscamos el doblez en cuanto a los retratos de nuestro genero se refiere. Ahora que de eso gran parte de la culpa la tuvieron todas las abanderadas en contra de los anuncios del queso de tetilla y semejantes gilipolleces…".

Como reflexión final, diré que, después de toda una vida opinando sobre todo lo opinable y discutiendo vivamente sobre mil asuntos, hoy me he dado cuenta de lo absurdo e inútil de todo ello. He debido de gastar miles de horas ejerciendo mi insoportable verborrea, ¿y para qué? Las opiniones, los prejuicios, las razones y los sentimientos seguirán siendo los mismos, surgirán y desaparecerán como el humo y no habré sino encajado otra desilusión más.
Supongo que seguiré soltando paridas con la misma vehemencia, pero me temo que no me las creeré ni yo mismo, y también supongo que con el tiempo se volverán tan desapasionadas que apenas quedarán en un murmullo escupido entre dientes. Digamos que para cuando llegue ese momento sólo los más incondicionales seguirán soportándome, así que no tendré que preocuparme demasiado de a quién le digo qué y cómo reaccionará. Y bueno, pues a la mierda, el hastío hará el resto. Y quizás un buen montón de hijos de puta aplaudan en el autobús, cuando lo que desearías es que murieran o, por lo menos, callaran.
Sí, un poco de silencio no me vendría mal.
(disculpa las 24 horas de retraso)
No tengo ni idea de toros. Pero joder, me gustan. Lo llevo intuyendo desde hace años, pero ha sido en los últimos tres o cuatro cuando me he descubierto echándole un ojo al calendario de San Isidro y procurando no perderme las dos o tres corridas indispensables de la feria.
Apreciación: me gusta el acto del toreo, pero no todo lo que lo rodea. Quiero decir, el rollo del famoseo, el tradicionalismo, la religiosidad y la horterez. Es lo malo que tiene, y supongo que es su sino, que la imagen que se transmite del toreo es la del señorito andaluz machista y macho, españolista hasta la médula, con la camisa abierta y el pelo en pecho con la medalla de la virgen de turno, el puro en la boca, el pelo engominado y el “olé tus cojones” siempre en la boca.
Pero, ahorrándonos todo eso, a mí me queda el asombrarme con los movimientos del capote, los gestos del torero, el boato de la cuadrilla, la ceremonia del festejo, los usos, las costumbres y las misteriosas reglas de la lidia.
Ah, y la sangre. Ver a un buen toro morir desangrado me conecta, lo reconozco, con esa España brutal que tanto suelo criticar. Pero lo cierto es que cuando un ejemplar de una buena ganadería demuestra fuerza, casta y bravura, hay algo que me deja de piedra, como hipnotizado. Y si el torero es bueno, y lo mata bien y bonito, qué coño, no puedo sino aplaudir.
Y, sintiéndolo mucho, no soy capaz de estar de acuerdo con los ecologistas o naturalistas que claman al cielo porque se mate a un toro. Veo a ese animal como un animal criado para ser matado en un espectáculo. Puede sonar mal, pero es tan natural y humano como criar animales para luego matarlos y comérselos o criar animales para que trabajen hasta que envejezcan y mueran y sirvan de alimento a los perros. Asumo que un toro nace y es criado para más adelante morir a espadazos. Y no por eso disfruto mutilando gatitos ni envenenando tortuguitas, ni soy un psicópata en potencia ni un hombre frío e insensible.

De vez en cuando surge en los llamados medios de comunicación el temita de la brutalidad de algunas fiestas populares, las corridas de toros y otros eventos que tienen que ver con la muerte más o menos gratuita de animales. Mmm… qué quieres que te diga. Si en un pueblo matan una cabra todos los veranos, pues… que es una puta cabra, coño. Otra cosa es que sea extraño de la hostia que lo hagan arrojándola desde un campanario.
Aunque sea un acto en principio irracional, considero el acto de matar animales de forma ritual como una esencia humana que no deberíamos perder. Porque es reflejo de algo más profundo: ya sea por un dios, por una cosecha, por festejo o por simple reconocimiento ocioso de que los unos y los otros estamos juntos celebrando algo, matar un animal a modo de sacrificio siempre ha llenado al hombre de una especie de extraño orgullo que, reconozco, yo casi siento.
Digamos que se trata de la expresión más básica de nuestro poder más primitivo y, a la vez, de nuestro superior raciocinio: “soy un hombre, puedo matar a este bicho, y lo hago para conmemorar esto".
Así, corrientes más o menos radicales en defensa de los animales siempre me han resultado un pelín… moñas. Ya sabes, el rollo de “liberen a los conejos, que no hagan más pruebas científicas con ellos". Y siempre ponen el ejemplo de los cosméticos, como para subrayar la supuesta frivolidad e inutilidad de esas pruebas científicas. A riesgo de simplificar demasiado la cuestión, siempre he pensado: “claro, probemos los fármacos con nosotros mismos, en lugar de hacerlo primero con unos monos de mierda".
No es cuestión de ir aniquilando especies por puro vicio, pero coño: son animales, son inferiores, los podemos usar en nuestro beneficio, debemos hacerlo si queremos avanzar como especie. Es tan natural como que el león de turno se coma a la cebra de marras.
Algunos comentarios sobre el post de las pijas de la UAX, charlas con amigos y otras pajas mentales me llevan a filosofar sobre un hecho que parece mayoritario en nosotros, los tíos y las tías. Y es el morbo que da ver sexo cotidiano.
Después de lo que podríamos llamar “etapa Silvia Saint", es decir, después de ver/entretenerse con/consumir de forma más o menos esporádica o más o menos habitual pornografía profesional, protagonizada por mujeres esculturales y perfectas que hacen las más inverosímiles acrobacias; parece que llega una etapa en la que, quizás a la vez que se da una menor asiduidad en el consumo de contenidos X (ya porque follas con tu novia, con una amiga con derecho a roce o porque simplemente te has cansado de tocar la zambomba con esos viejos vídeos), empieza a despertar en ti cierta curiosidad por esos contenidos X más amateur, de andar por casa, casi cutrecillo, en el que, en lugar de las rubias platino de turno, las stars son chicas normalitas, tirando a vulgares, muchas de ellas con cierto sobrepeso, sin ningún gracejo ante la cámara y que se mueven con esa mezcla de torpeza (o falta de coreografía) y cotidianeidad con la que todos nos movemos en la cama cuando estamos dándole al mambo.

¿Por qué sucede este fenómeno? La respuesta fácil podría indicar que se trata del primer escalón cuesta abajo hacia el vicio más repugnante, antes de terminar como esos pornógrafos que se deleitan viendo cómo todo tipo de tipejas y tipejos salidos de una feria de los horrores perpetran dantescos espectáculos delante de la cámara. Más de uno dirá que de ahí a quedar con un tío para que juntos os mutileis las pollas y os las comais apenas queda un paso más. Pero esa no es la única respuesta, ni la que arroja luz sobre la mayoría de los casos.
La clave está en la cercanía, en la fantasía de la identificación, en la búsqueda del cariño y del calor humano, diría yo. Sí, está bien ver a dos modelazas haciéndose de todo. Pero, por alguna extraña razón, igual que el mono del experimento se arrimaba al trozo de tela que le recuerda el regazo materno en lugar de al armazón metálico que le proveía de leche, el hombre -y la mujer- que se masturba delante de la pantalla tiende a satisfacerse con unas imágenes que le traigan a las mientes el bálsamo del contacto interpersonal.
Esta tendencia antropológica está del todo asumida en el mundo del espectáculo, por lo que no es extraño que aflore de entre las simas del porno. Piensa en los tópicos: que si colegialas (para revivir esos idealizados años de los primeros roces), que si enfermeras (para cumplir, por fin, esas febriles fantasías de preadolescente ingresado por apendicitis), que si profesoras y/o institutrices (quién no se habrá imaginado cualquier burrada sobre la mesa, entre borradores y tizas), que si dependientas de comercio, policías, empresarias agresivas… y un largo y lúbrico etcétera.
Así, cobra sentido ese gustirrinín por ver a chicas normales en pelotas. De ahí, como comentaba mi amigo Pepenetración, las ansias por ver en acción a una antigua compañera de instituto, aunque de cara sea tan fea como Belén Esteban. De ahí, esa casi enfermiza curiosidad por entrever escotes, tangas o centímetros cuadrados de carnes en compañeras de clase. Has visto mujeres 10 realizando maravillosas fantasías eróticas. ¿Pero a que no te podrías resistir a ver un vídeo de aquella amiga de tu hermana, aunque era fea de cara y nunca vestía bien? Cobra así sentido eso que leía por ahí en un foro sobre las chicas éstas de la Alfonso X: que una de las mejores cosas de las fotos era el rollo de verlas de nuevo con ropa después de que hubieran aparecido en braguitas. Y, lo más importante: saber que son pibas de lo más normal, imaginar que podrías encontrártelas en un garito, soñar que quedas con ellas y las partes en dos.

Para terminar de convencer a los/las más escépticos/as, siempre queda el as guardado en la manga que supone descubrir lo que el en apariencia inocente mainstream nos arroja sobre las cabezas: piensa en las comedias románticas. ¿Qué revulsivo más poderoso que el de la “vecinita de al lado” que, pareciendo más bien feíta, luego se descubre como la elección sentimentalo-sexual más adecuada, ya sea porque guarda una pulsión sexual secreta y arrolladora o ya sea porque la vampiresa de turno luego no era tal?
Parece que estamos condenados a que, en el fondo, nos guste el rollito más cotidiano, el de la chica que durante toda la peli (vida) hemos tenido cerca, pero que no queríamos ver, cegados por otros oropeles que, a la postre, no han resultado tan valiosos como su envoltorio daba a entender. O véalo usted de otra forma: podemos jactarnos de contar con la bendición de que, después de follarnos a todas las mujeres de bandera que podamos, y después de todo tipo de fracasos que suframos en el caso de que formemos parte de ese amplísimo sector de perdedores o pobres diablos, pues siempre nos queda el consuelo de volver y encontrarnos con ese patito feo, con esa vecinita, con esa hija de la portera que resulta que la chupa de vicio.
Además, qué coño. Mirando a mi alrededor y, antes que nada, a mí mismo, me doy cuenta de que no estamos tan lejos de esa actitud tontamente glorificadora de lo pasado.
Vuelven a emitir Humor Amarillo. Muchos de nosotros recordamos entre risas lo bien que nos lo pasábamos con ese programa, cuando éramos criajos y nos tirábamos la mañana delante del televisor. Hace unas semanas volví a ver una entrega (hoy y mañana podremos repetir el experimento). Excepto un par de momentos graciosos, el resto de la media hora me aburrí un poco. En el fondo, no tiene tanta gracia, es lo típico para ver con lo amigotes y unas cervezas, pero nada más. Tanta gilipollez con conseguir por internet capítulos y resulta que, en cuanto ves más de dos, te cansas.

Dragon Ball. Lo mismo, vi un par de capítulos hace unos meses. Joder, qué lentos eran los cabrones. Congelaban el devenir de la escena tontamente, sólo para recordar lo que acababa de ocurrir -éramos niños, eso también hay que entenderlo- o para regodearse una y otra vez en la actitud combativa de los protagonistas. Mi personaje favorito era Vegeta, y pese a que los capítulos eran de la época en la que aún era malo, no me quedé con ganas de ver más, en absoluto.
Otra decepción: Campeones. El summum de la lentitud y la gilipollez. No merece la pena volver a verla para nada. Mejor quédate con el (falso) buen recuerdo.
Más: Fraggel Rock y compañía. O cómo descubrir que, aunque la canción aún te mola, te aburren en menos de cinco minutos. David el Gnomo. Rafael. Y tantos y tantos otros.
Obviamente, hay que entender que eran cosas para niños. Y que con 23 tacos pues es normal que aburran y decepcionen y resulten una gilipollez. Así que no me voy a poner en plan exigente y capullo porque resulta desproporcionado. Pero igual de gilipollas resulta el rollo friki de gente que te cuenta que sigue disfrutando igual que cuando era un niño de estas cosas. Porque una de dos, o lo hace para hacerse el peculiar, o no ha madurado afectiva ni intelectualmente, y eso es un problema grave.
Por eso, todos estos revival de series, pelis y chorraditas de la infancia me hacen gracia cinco minutillos. Al rato me parece cansino y repetitivo, casi una involución. Y se pueden contar con los dedos de una mano las excepciones.
Acabo de ver El curso en que amamos a Kim Novak, una oda a la nostalgia de los años universitarios dirigida por Juan José Porto. Porto, cuyas pintorescas clases de guión en Ciencias de la Información merece la pena visitar aunque sólo sea a modo de anécdota, era integrante habitual de la troupe de Garci en ¡Qué grande es el cine! Programa que si por algo se ha destacado siempre ha sido, además de por emitir películas buenísimas, por rememorar hasta el hastío los supuestos buenos viejos tiempos.

Pilla este domingo el suplemento “Domingo” de El País y lee la columna de Javier Rioyo, otro de los integrantes del equipo G (de Garci) y presentador del programa Estravagario. Rioyo es el ejemplo perfecto de esa infección que supongo que nos afecta a todos según pasan los años y que, según la perspectiva en que te encuentres, resulta reconfortante y encantadora o tediosa y apolillada.
Me refiero a esa tendencia, entre familiar e irritante, de hacer crítica, cine, literatura o periodismo vistiéndoles de añoranza, morriña, nostalgia, melancolía. Es casi un estilo de vida, una descripción de principios. Según esta filosofía vital, el autor -ya sea con una peli, un libro o escribiendo una columna semanal- siempre muestra una actitud pausada y exquisita, como de buen vivir, de gourmet; además de hacer notar que habla desde el púlpito al que algunos creen haberse subido con el pasar de los años. Rioyo es un buen ejemplo porque parece un hombre que sólo está rodeado de belleza, arte y buena amistad. Habla con la misma y exquisita entrega de tortilla española y chatos de vino que de caviar y ostras. Se deleita con igual facilidad ante Passolini que frente a un Bacon. Disfruta con idéntico arrebato describiendo una mañana de pensamientos en soledad que su última velada entre amigos cultos y cosmopolitas. Leerle es un primor.
Pero termina cansando. ¿Por qué? En primer lugar, por envidia. Envidio profundamente a esas personas cuyas vidas parecen estar repletas de cenas entre viejos colegas, a la luz de las velas y al calor de una chimena, en la que uno es poeta, otro es compositor, el de más allá escribe libros de viajes y el de más acá pinta cuadros o esculpe bustos. Pero, después de la envidia, llega el hastío. Acabo harto de leer sólo sobre lo bien que se llevan unos con otros, lo fantástico que es el último libro de su querido amigo Fulano, lo exquisito del disco de Mengana o lo sublime de la hospitalidad de Zutano.
La segunda razón de mi cansancio es por el rechazo que siento ante todo sentimiento melancólico. Y lo rechazo precisamente porque tengo mucha tendencia a sentir nostalgia de lo (poco) vivido. En cuanto noto algo de añoranza por algo ocurrido hace algunos años, me obligo a mí mismo a rectificar y sacudir de mi cabeza ese pensamiento, como si limpiara el polvo de las estanterías. No hay que olvidar lo bueno pasado, por supuesto, e incluso es sano traerlo a la mente de vez en cuando, pero mirar atrás es la mejor forma de perderse lo que viene delante.
Por eso odio las idealizaciones. Los libros, películas o cualquier otra obra artística que santifica en exceso un determinado periodo de nuestra historia o de nuestras vidas termina resultándome incómoda. No soporto eso de que la infancia es la mejor época de nuestra vida, tópico que muchas películas explotan hasta el hartazgo. No aguanto esas visiones dulzonas de la adolescencia, con esos primeros besos supuestamente únicos y especialísimos. Me canso de esos tópicos que pintan el instituto como los mejores años para el desfase y el sexo desinteresado. Me río por no llorar de la visión que creadores sesentones hacen de su etapa universitaria, como la de la madurez y los primeros pasos a la vida adulta. Y así con todos los saltos generacionales que se te ocurran: los veintimuchos, los primeros 30, las crisis de los 40, los nuevos horizontes vitales en la cincuentena, el “ahora es la mejor época para vivir” cuando ya cumples 60, el “volver a empezar", etc.
Anda, mira, volvemos a Garci. Presta atención a su filmografía. Casi todas sus películas no están hechas más que de recuerdos más o menos personales dulcificados, en las que diferentes épocas son tratadas con ese matiz bienintencionado que dan los años transcurridos. Una vez está bien, dos, pase, pero más… joder, qué cansancio. ¿Has visto Tiovivo c. 1950? Joder, no sólo está ambientada hace medio siglo, es que parece que también fue rodada entonces… Como un crítico dijo una vez sobre otro amigo de Garci, Giménez-Rico: que, debido a su pasión por el cine de hace décadas, rodó su último film como si la gramática fílmica se hubiera quedado congelada desde entonces, a espaldas de cualquier evolución en el lenguaje audiovisual. Creo que eso es aplicable a todo el grupito de amiguetes.
Lo peor de todo es que, una vez instalado en esa dinámica, es difícil alejarse del “ay, qué felices éramos por aquel entonces” y ser mínimamente objetivo o crítico. También es cierto que quizás se puede ser crítico sin perder una parcelita de cariño por los años, los lugares y los sentimientos que uno experimentó.
Pero basta. Porque si muchos de los intelectuales de hoy no hacen más que mirar atrás, ¿qué dirán las próximas generaciones de nuestra época? Estaban tan preocupados por su pasado que no supieron ver que el futuro ya les había olvidado.
El otro día charlaba con una amiga y se sorprendía de algo que a mí me parece lo más normal del mundo: liarse con alguien por deporte, es decir, porque sí. Existen varias razones para hacerlo (una apuesta, una apetencia momentánea, por celos), pero mi interlocutora se enfadaba por la más interesante de todas: liarte con alguien porque supone un reto.

Un reto ya sea porque siempre te gustó y, aunque ya no sientas nada por esa persona, ahora es el momento de cazarla. Un reto porque siempre has tenido una relación amor/odio y ya es hora de penetrarla (o que te penetre). Un reto porque sientes que es hora de devolverle la púa que te clavó tiempo atrás. Un reto porque parece alguien inalcanzable, pero descubres que es un ser humano, que tiene debilidades, y que puedes aprovecharte de ellas. Y follártela.
También puedes darte cuenta de que la persona que te gustaba sólo te gustaba porque te representaba un reto. ¿Los síntomas? Que, después de tres o cuatro polvos, no te apetece quedar más. Aunque sea alguien simpático, interesante, divertido. No te apetece ni follar más con ese alguien. ¿Por qué? Porque ya no tienes aliciente, cumpliste tu reto.
Por supuesto, es una putada ser objeto de un reto. Lo digo por experiencia. Pero coño, que te quiten lo bailado.
Para empezar, feliz día de Reyes. Espero que te hayan traído lo que habías pedido. Es decir, si no has sido tú mismo el que te has comprado los regalos o has acompañado a tus padres a comprarlos.

Como obviamente ya no creo en los Reyes (en ningún rey, jeje), para mí la gracia de un día como hoy está en los “regalos sorpresa": es decir, esperar que tus hermanos, padres, tíos o abuelos te sorprendan con algo, amén del reconfortante placer que supone el poder desembalar ese preciado disco, DVD, libro o prenda que deseabas de antemano.
Y, aunque ese “regalos sopresa” luego adopte la forma de unos calcetines, una camisa, un pack de colonia-after shave horrorosos o incluso un set de manicura para hombre (sí, una vez sufrí un regalo así), aunque ese “regalo sorpresa” sea una ful, decía, la ilusión permanece. Y mola un huevo, coño.
Inciso sobre el terrorífico universo de los packs de colonias: a un crío de 12 tacos le puede guay que le regales el típico combo de una marca como Adidas o Axe, pero… ¿por qué cojones han de seguir transcurriendo los años y te los siguen regalando? Tengo 23 y sigo acumulando botes de alcohol puro con un leve aroma a after-shave barato, acompañados de otros tarros casi idénticos de after-shave hecho de alcohol con leve aroma a colonia barata. ¿Qué persona mínimamente preocupada por su propia cara se aplica ese abrasivo sobre su piel recién rasurada? Su puta madre…

Otro leve inciso: que nadie interprete que no me gusta que me regalen camisas. Me encantan las camisas. Y, por favor, que alguien me regale una corbata. Sé que con 50 tacos estaré harto de corbatas, pero ahora me hacen ilu.
Si vas borracho por la calle haciendo el imbécil a mediados de octubre, los demás te juzgarán como el típico borracho pesado. Si haces eso mismo las primeras horas del día uno de enero, se supondrá que estás disfrutando de la mejor noche para salir del año. Lo cual es una mentira gigantesca.
Algo peor: si decides no salir en Nochevieja, la infame Nochevieja, un buen montón de peña te mirará como a un inadaptado, un freak, un lunático, el típico chico raro “que hace esas cosas, ya sabes, diferentes". Un outsider, pero sin encanto.
Desde hace unos cinco años, salir el día 31 dejó de tener encanto para mí. Las dos primeras veces te mola, quizás es la primera vez que sales en plan adulto, hasta el amanecer. Las dos o tres siguientes se convierten en tradición. Y llega un día -a mí me llegó el año de los 19- que te empiezas a hartar. A partir de entonces, los últimos días de diciembre se tornan en una tortura: “¿Qué haces en Nochevieja?", “¿Adónde vas esta Nochevieja?", “¿Te vienes en Nochevieja a…?".

Ahora, también te puede ocurrir algo que no es menos terrible: no tener plan. Ningún plan. Excepto quedarte en tu casa, claro. Estar un rato con la familia, canturreando con los más pequeños -si los hay- y, a cierta hora, cuando las galas de folklóricas se te hagan insoportables, a la cama. No deja de ser un poco extraño, te sientes casi estúpido, sabiendo que medio país está de farra, por muy postiza que sea esa farra.
¿Cuál es la solución?

(los sujetos 1, 2, 3 y 4 aparecen en la foto anterior. Adivine quién es quién y cuál es el nuevo rostro de la niña que se cambió de sexo. Asimismo, establezca la relación correcta entre la aviesa expresión del adulto y la desmesurada afición a la bebida del individuo situado abajo a la derecha).

Ya me lo dijo hace un tiempo mi socio, pero verlo en papel siempre impresiona más. Leo en el suplementillo del The New York Times que dan los jueves con El País: “Conozca al übersexual, la versión moderna del hombre auténtico".
Viene a contar que, después de que el tal Mark Simpson se inventara en 1994 el término metrosexual y que David Beckham lo personificara y lo pusiera de moda unos soprendentes siete u ocho años después, ahora tres autoras han escrito en un librito que el futuro del hombre es el übersexual. Una especie de vuelta al hombre “fuerte, decidido y justo", que “no suscita dudas acerca de su sexualidad". ¿Ejemplos? Bono (el de U2, no vayas a equivocarte), George Clooney y… Bill Clinton. Ejem.

Yo digo: ¿ein?
Quiero decir… ¿tanto nos aburrimos como para estar dándole vueltas al concepto de masculinidad todos los días? Espero que esto no sea lo que luego en los libros de sociología aparecerá como “a principios del siglo XXI, la sociedad occidental redefinió el concepto de hombre, en la era del neofeminismo". Porque nos están timando. Porque esto no son más que gilipolleces de los cazatendencias, las marcas comerciales y los pijos con tiempo libre.
Justo cuando en España empezábamos a ver como algo cool los cosméticos para hombre, resulta que ahora es demasiado snob, y que lo suyo (Véctor dixit) es que nos dejemos de chorraditas y volvamos al rollo tipo atractivo con su traje impecable. Olvida los vaqueros rotos, los pendientes de diamantes, las chaquetas blancas. Ponte un buen smoking y adopta el tic del tipo de Martini.
a)Ya me sonaba a gilipollez que en 2003 nos pintaran como maravilloso el hecho de que un hombre utilizara crema antiojeras. Eso era una novedad en los ochenta. Se veía a una legua que no era más que marketing de Biotherm Homme y compañía.
b)Me suena a gilipollez que volvamos atrás y se reivindique el rollo del “hombre auténtico", porque no es más que un efecto boomerang: después de una oleada de tipos que vestían como putas (sí, un hombre puede vestir también así), ahora viene una oleada de tipos clasicistas. Es como en el arte: tras el barroco, el neoclasicismo.

Mi consejo de hoy: pasa de todas estas gilipolleces. Viste como te dé la gana. Toma tú tus propios modelos. No hagas caso. ¿Pasaste del rollo crooner? ¿No fuiste ni rocker ni mod? ¿Nunca te gustaron las pintas hippies? ¿Resististe a vestirte como Tony Manero? ¿Las crestas y las chapas punk no eran lo tuyo? ¿Huíste cuando arrasaba el modelo broker? ¿Aborrecías imitar a los vecinos de Sensación de vivir? ¿No quisiste ser como Beckham? No seas ahora como un anuncio de Emidio Tucci.
Pregúntate: ¿qué tiene que ver todo esto contigo?
Mentira. Otro tópico.
“Ahora los críos son mucho peores, ven más violencia en la tele, se envician a los videojuegos mucho más, sexualmente están mucho más salidos…".

Esto no lo dice un viejacas, lo dice mucha gente que conozco de 23 tacos. Para empezar, aún no han pasado tantos años como para que nos diferenciemos generacionalmente de los críos que ahora tienen diez u once años. Además, yo digo: ¿es que acaso no recordamos cómo éramos nosotros? Joder, que apenas ha pasado una década de cuando quitaron Dragon Ball de la tele por ser “demasiado violenta” para poner Fly, un pibe que volaba y partía por la mitad a sus enemigos con una espada. Hasta los denostados Pokemon tienen más valores que eso…
Dicen que la tele de ahora no muestra a los niños nada más que sexo y crónica negra en horario infantil. ¿Y nosotros? Joder, nosotros crecimos con las Mamá Chicho de Telecinco, el Ay, qué calor (mítico, por cierto) y los programas-conspiración sobre las violaciones y asesinatos de las niñas de Alcàsser, los de Leticia Lebrato, Maruchi Rivas y unas cuantas más…
Joder, nosotros disfrutábamos viendo hostias en Humor amarillo y nos empachamos de las churripeleas del Pressing Catch. Ahora da risa, pero en su momento también era calificado de “poco apropiado"…
Los videojuegos. “Ahora son súper violentos y los niños juegan a ellos más que nunca". Venga, como si nosotros no nos hubiéramos quemado las pestañas durante tardes enteras con la Game Boy, la Super Nintendo o la Mega Drive. Ok, el San Andreas es violento de la hostia. Pero también está correctamente calificado para mayores de 18. Y hostias en los videojuegos ha habido siempre. Y qué coño, la prueba está en que los de Take 2 se comen más el tarro: el San Andreas exige un mayor despliegue estratégico e intelectual que aquel Carmmagedon…
El sexo. “Los críos ahora es que son unos salidos…". Venga, como si nosotros con 12 tacos no nos hiciéramos pajas. ¿Quién no se juntó alguna vez con los amigos para ojear una Playboy o para ver el cruce de piernas de Sharon Stone en Instinto básico? Ahora, que te choque pillar a tu hermano pequeño una peli porno, es problema tuyo. Pero para él es la cosa más normal del mundo, como lo fue para ti. Y, afortunadamente, cada vez hay más y mejor información sexual. Mejorable aún, pero cada vez hay más y más didáctica.
¿A dónde quiero llegar? Todo obedece a esa puta manía de idealizar lo pasado (o nuestro pasado) como algo mejor y, en el fondo, también se encuentra el miedo que nos provoca ver cómo alguien que consideramos demasiado joven derriba los tabúes sociales. Así, es sólo cuestión de perspectiva. Lo que me flipa es que lo diga peña de veintipocos. Qué no dirán cuando sean padres…


¿Por qué nos jode tanto que nos juzguen por nuestras pintas?
¿Pero por qué, al mismo tiempo, nos esmeramos en ir con determinada pinta?
Este tipo de contradicciones me tocan los huevos. Si vas hecho un payaso, en plan Beckham de palo, pues luego no te extrañes que piense que eres un puto payaso que quiere ir del palo de Beckham. Lo mismo con los que van como Bisbal, los que van como Liam Gallagher o los que van como Sid Vicious. Me da igual.
Y en las pibas el rollo es casi peor. A ver