Leo, hace años, American psycho, y descubro a Sean. Caprichoso, inmaduro, un crío presuntuoso e idiota en comparación con su poderoso hermano. Patrick cena con él, y le regala por su cumpleaños una agenda electrónica con capacidad para una cincuentena de entradas (estamos en 1987). Patrick comenta con sorna: “Sean ni siquiera conoce a 50 personas".
Es curioso cómo, en el par de veces que aparece, Sean apenas dice algo con sentido, siempre rematando las frases con su desganado “rock and roll” y el cínico “deal with it". Parece una bobada, pero desprende puro magnetismo. Hasta el enfermo de su hermano llega a imitarle, en un momento sublime y patético, en el que salta: “rock and a rolling". Buenísimo.

Bien, pues resulta que antes de aparecer en American Psycho, Sean ya se dio a conocer con The rules of attraction, la segunda novela de Bret Easton Ellis, un escritor que no es un genio, pero que ha elevado a categoría de genialidad las historietas de pastosos de los ochenta.
En The rules… Sean consigue seducir y asquear al mismo tiempo, con su lógica vital aplastante, del calibre “vale, me estoy follando a esta furcia, pero eso no significa que no esté enamorado de ti". Sean, tras su apariencia de cabrón amoral, es un sentimental. Un triunfador sentimental, casi marcado por un maleficio: triunfa con tantas tías que sería una pena desaprovecharlo, pero al mismo tiempo no es capaz de conseguir a la chica que realmente le gusta. Ríete, pero es un drama muy serio. En un mundo con fiestas como la de vestidos para follar, es difícil mostrar tu corazoncito.

Al contrario de lo que pasó con Less than zero, The rules… gozó de una adaptación cinematográfica estupenda, de la mano de Roger Avary, ex colega de Tarantino. Las reglas del juego, tal y como estúpidamente se tradujo en España, es a las pelis de universitarios estadounidenses lo que el kebab a la comida rápida: ese punto diferente que todos esperábamos.
Ves la peli y te entran unas endiabladas ganas de emborracharte, hacer el mal, enrollarte con alguna pringada y dejarla tirada. Y en eso Sean es el mesías. Egocéntrico, liante, un auténtico hijoputa. Interpretado por el inefable James Van Der Beek alias Dawson, que demuestra ser un actor capaz de reírse de los tópicos que había encarnado y probablemente su mejor papel hasta la fecha.
Esta película contiene un par de detalles de la familia Bateman: además de que Sean contesta a una llamada en plan: “Patrick, ¿eres tú?"; durante la alucinante y sobresaliente secuencia del viaje europeo de Victor se puede ver un plano de un letrero: Bateman Street. Resulta que, casi dos años después, voy a Londres y ahí está: Bateman St., en pleno Soho. Por cierto: casi en la esquina de Bateman con Greek, hay un bareto regentado por un fascista italiano que es la caña…

Avary está demostrando ser un fan de Easton Ellis, ya que está dirigiendo y guionizando Glamorama, quizá la peor de las novelas de Easton Ellis, pero que está dotada de un caótico y visceral encanto. Por resumirla en una línea, se puede decir que va de la paranoica aventura de Victor Ward, un modelo que a mediados de los noventa se ve envuelto en una trama de modelos-terroristas. Estará protagonizada por Kip Pardue, que en The rules… encarnó a Victor Johnson, según el cast de la peli. Pero yo estoy convencido de que el Victor de The rules… es el mismo Victor de Glamorama. Llámame paranoico a mí también. Y suerte a Avary, ojala le salga una peli cojonuda, que esa historia se la merece.
Volviendo a Sean. Para terminar, digamos que, igual que muchas pibas, cuando están desanimadas, pillan helado de chocolate, se ven Pretty woman y se identifican con la tontita de Julia Roberts; yo pillo unas cervezas y me veo The rules of attraction. No puedo sino verme reflejado. Salvando algunas distancias, claro.

Pd: y después está Pichard, auténtica revelación de la película. Pero casi merece otro post aparte.
Hace ya tres años y pico que vi por primera vez Barry Lyndon, del maestro Kubrick. Y sólo puedo expresar lo que sentí con una palabra: fascinación.

El Sarabande de Georg Friedrich Haendel me sigue poniendo los pelos de punta. El ritmo pausado, lánguido, obsesivo e hipnótico del film me hizo caer en una especie de locura en la que fantaseaba con ser un caballero como el señor Barry y desposarme con alguna Lady Lyndon. La exquisita fotografía y la luz de las velas marcaron un hito en la historia del cine. Kubrick alcanzó la belleza absoluta con esta película.

Y Redmond es un personaje cojonudo. Comienza como un pardillo, un provinciano idiota que quiere follarse a su prima, una piba más que mediocre pero quizás el coño más decente de los pocos que ha visto en su vida. Tras una charada en la que Redmond es engañado como un niño por los cabrones de su familia, decide huir y buscarse la vida. Y empieza la forja de lo que con la perspectiva del tiempo me encanta bautizar como “un hijo de su tiempo".
Te desvalijan unos tirados con sonrisa de hijos de puta. El ejército de un país que no es el tuyo como única salida, claro que sientes por cualquier patria el mismo amor que por un grano en el culo. La puta guerra, qué diversión, a golpe de bayoneta vas aprendiendo lo que tus papis ni siquiera se olían que existe. Después, te alías con cualquier buscavidas y buscas el placer, la cima social.

Le haces gracia a una estatua hermosísima, fría y blanca como el mármol, y te haces con su apellido. Estafas, follas y disfrutas como nunca te imaginaste. Pronto, las cosas se torcerán, quien sube tiene que bajar. Pero ya serás para siempre Barry Lyndon.

Basada en la novela de William Makepeace Thackeray, el de La hoguera de las vanidades. Con el guión, la dirección y los cuidados del director más exigente de la historia. El plano de Marisa Berenson en la bañera bastaría para sedarte durante horas. Sin lugar a dudas, una de mis películas favoritas.

Pd: para ti, que tanto lo pediste

“La fidelidad es a la vida sentimental lo que la estabilidad es a la vida intelectual: una declaración de impotencia, simplemente”.
Lord Henry Wotton. Inteligente, seductor, mordaz, con un verbo tan afilado como sus encantadoras y, en ocasiones, venenosas ideas.
En esa obra maestra del XIX que es “The picture of Dorian Gray", el genial y adorable Oscar Wilde encarnó a la perfección sus ideas en la figura de Lord Henry. Él es quien convierte al insulso y joven Gray en Dorian con mayúsculas, el psicópata decimonónico más refinado, auténtica inspiración para seres como Hannibal Lecter.
Ya hablaré otro día de Dorian, una persona tan encantadora como letal. Sin embargo, como un Víctor Frankenstein burgués, es Lord Henry el responsable del monstruoso Dorian. Henry alimenta, educa y afina al joven, hasta convertirle en una obra maestra de lo amoral.

Durante años he debatido conmigo mismo sobre qué personaje es más seductor. Dorian es la acción, el proceso, la mutación. Pero Lord Henry es la sustancia, la idea, lo permanente. Digamos que son dos caras de una misma moneda. Sin embargo, Harry, gracias a su lucidez y brillantez, destaca como el personaje más magnético.
Lord Henry, un veneno delicioso. Gracias de nuevo, Oscar.
“¿Acaso la insinceridad es una cosa tan terrible? La insinceridad es, simplemente, un sistema, con ayuda del cual podemos multiplicar nuestras personalidades”.

Pd: nunca habrá un Lord Henry mejor que George Sanders, que aporta un aroma especial al personaje en la encantadora película de 1945. Sanders, que después de deleitarnos en películas como “Rebeca” o “Eva al desnudo", se suicidó en 1972 en la Costa Brava. Su nota de despedida rezaba: “Dear World, I am leaving you because I am bored".
Hace unos meses vi la obra de teatro en Madrid, y no he sino de reconocer a José Luis Pellicena una excelente interpretación de Wotton.

Tom Ripley es un sociópata encantador, un joven con ansias de crecer como persona. Ama el arte, las buenas formas y la belleza. De hecho, la historia de su vida y sus anhelos es la lucha por rodearse de belleza.
“Manners before moral” podría ser su lema vital. Tom no tiene escrúpulos, o sólo los mínimos necesarios para sobrevivir en un mundo hostil. Una existencia plana e insípida la de Tom, hasta que decide huir y actuar, poner en marcha ese maravilloso mecanismo que es su mente.

Ripley nace en 1955 en la novela “El talento de Mr. Ripley", de Patricia Highsmith (título que te recomiendo vivamente). Leo por ahí que existen varios títulos más sobre Ripley, así que me pondré las pilas, porque la vida de este chico es adictiva.
No he visto ninguna de las versiones cinematográficas que se han hecho de esta historia. La elección de John Malkovich como un Ripley ya maduro me parece un acierto sobresaliente, y lo que no entiendo es cómo a Minghella se le pudo ocurrir escoger a Matt Damon para ese papel, ¡si Jude Law es perfecto!

Pero bueno, estamos hablando de un director que estropeó y alargó innecesariamente “El paciente inglés": con lo cojonuda que es la historia de Kristin Scott Thomas con Ralph Fiennes, se empeñó en mezclarla con la innecesaria atracción de Binoche con el hindú…
Me voy por los cerros de Úbeda, volvamos a Tom: culto, inteligente, frío, encantador, persuasivo, veneno puro. Un maestro.
Tony Montanta. Exiliado cubano en Miami. Principios de los ochenta. Violento, ambicioso, sin escrúpulos. Brian De Palma rehizo en 1983 el clásico “Scarface”, trasladando el mito mafioso al narcotráfico de cocaína en esa Colombia estadounidense que es Florida.

¿El resultado? Para mí, la mejor película del irregular De Palma (como diría mi amigo Patrick, “Doble cuerpo” tiene un punto, pero…). Hay críticos que prefieren “Atrapado por su pasado” a “El precio…", pero a mí me parece que la primera es más melancólica, sentimentaloide y artificialmente fatalista: ¿a qué viene mostrar la muerte del personaje al comienzo de la peli en un flash forward?

En cambio, “El precio…” es directa, viva, puro nervio, como un puñetazo en la cara. Visualmente excitante y rápida, con ese extraño contraste entre el rosita palo/verde puerro de los apartamentos de Florida y el rojo sangre/blanco nieve de la farlopa en la cara de Al Pacino.
Hace poco leí, por un lado, “Don Juan Tenorio", de José Zorrilla, y, por otro, “El burlador de Sevilla", de Fray Gabriel Téllez, a.k.a. Tirso de Molina. He de reconocer que esta figura tradicional, este mito cultural, me ha encantado.

Creo que mi primer acercamiento a este personaje fue viendo en el instituto la versión filmada para televisión (rollo Estudio 1) de la obra de Zorrilla. Era cutre a más no poder, en blanco y negro, protagonizada por un vociferante Paco Rabal y una jovencísima Conchita Velasco. Aún me fascinan y me hacen reír, al mismo tiempo, esas actitudes caballerescas tan grandilocuentes como ridículas. Una de mis gracias favoritas es taparme el rostro hasta los ojos con la manga y declamar “¿Quién sois?".

Y es que a mí me marcó una secuencia mítica de esa representación teatral grabada para televisión: en la que Don Juan y Don Luis se encuentran. Van embozados, y como no se fían ni de su sombra, primero se preguntan mutuamente por su identidad. Y después de un diálogo como éste (más o menos):
-¿Quién va?
-¿Quién sois?
-Yo he preguntado primero… ¡descubríos si sois hombre!
-Soy Don Juan Tenorio
-¡Y yo Don Luis Mejía!
Y se sientan a charlar de sus cosas. Todo esto, trufado de ripios, claro, alguno de lo más cachondo. Esta fascinación por la grandilocuencia caballeresca, cuanto más romántica mejor, me ha llevado a soñar con ser un caballero en un montón de siglos y reinos diferentes. Y poder ir por la vida soltando frases como “¡Muerto soy!", “¡No queda sino batirnos!” o “Vuesa merced".
Para no saturar al personal con viajecitos varios, un paréntesis. Hablemos de alguien que está dentro de todos nosotros. No es Jesús. Es Tyler. Divertido, violento, ocurrente, decidido. Tyler saca lo mejor y lo peor de nosotros mismos. ¿Para qué? Para hacernos despertar, no caer en la rutina y la autocomplacencia. Para exigirnos un poquito más cada día. Para hacernos mejores personas.

En ese estupendo libro y genial película que es “Fight Club” ("El club de la lucha"), se nos muestra la alienación común que sufrimos muchos de nosotros. El narradador, interpretado por Edward Norton, realiza un viaje iniciático trufado de roña, golpes, retos, hastío y autorrevelación. Tyler es una epifanía pagana contemporánea.

Paso de análisis literarios o cinematográficos. Dejo a un lado la mierda pseudoanarquista y las pajas mentales. Por cierto, Internet está repleto de páginas que proponen un montón de “deberes", rollo Proyecto Mayhem. Están bien como fase iniciática, pero después de un tiempo hay que superarlo (lo digo por experiencia).

Como decía, dejando a un lado todo eso, defiendo “El club de la lucha” como una historia de amor. Esa Marla Singer… si conociera a una chica como ella, he de reconocer que tendría mi corazón a su disposición. De hecho, ya conocí a una Marla… pero esa es otra historia.

Patrick Bateman (American Psycho)
Patrick Bateman es guapo, rico, educado, inteligente. Tiene confianza en sí mismo, fortaleza interior. Sabe lo que quiere y lo toma, consciente de su lugar en el mundo y ansioso de ser mejor. Patrick tiene ambición.
Es ejemplo del inconformista nato. Profundamente envidioso, canaliza de forma positiva este sentimiento para esforzarse y alcanzar a los que le superan en éxito social o económico. Esto, lejos de ser una actitud infantil, es un acicate para superarse a sí mismo.
Patrick tiene un gran sentido estético y cuida al detalle su propia persona y todo lo que le rodea. Es un auténtico dandi y se mima con esmero. Sigue una dieta estricta y una rigurosa tabla de ejercicios para gustarse a sí mismo y a los demás. Le agrada sentirse fuerte y poderoso, sano y pleno en sus facultades físicas y mentales para ser un mejor ser humano.
Patrick tiene en alta estima la sociedad en la que vive y se preocupa por ocupar un puesto relevante en ella. Su gran competitividad es su arma para integrarse y alcanzar el más alto escalafón posible. Sabe que él, como el resto de individuos, no es nada sin la sociedad, así que se esfuerza por integrarse y huir de modelos negativos o marginales.
Patrick es, en definitiva, un modelo para ser alguien mejor.
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