“¿Quién dijo que la Fórmula 1 era aburrida?”
Antonio Lobato, periodista deportivo.
Si has visto alguna carrera de Fórmula 1 en los últimos tres o cuatro años, sin duda esta frase te sonará de algo. Lobato no desperdicia ningún momento interesante de cualquier gran premio para soltarla. Quizás temeroso de que un espectador exigente cambie de canal.

Soy un advenedizo de la Fórmula 1, lo reconozco. A lo largo de 2004 vi alguna carrera suelta, cuando ese chico llamado Fernando Alonso empezaba a confirmar las esperanzas posadas en él. Durante 2005 seguí con regularidad la temporada, y en 2006 creo que apenas me perdería un par de carreras, las de horario más intempestivo (ver la carrera repetida a destiempo sabiendo que ya hay un ganador puede conmigo). Maldije cuando un par de tuercas se salieron del Renault, vitoreé cuando el motor traicionó al Ferrari.
Sin embargo, no sé muy bien por qué, este año he pasado olímpicamente de la Fórmula 1. Y creo que he descubierto la razón a lo largo de estas últimas semanas: el puro aburrimiento. Si ya no quiero perder el tiempo viendo cualquier programa y selecciono muy bien lo que ocupa mi ocio (qué libros, qué pelis, qué series, qué cómics), algo en mi cerebro ha debido concluir: “no nos podemos permitir la Fórmula 1″.
Afrontémoslo. La Fórmula 1 solo es divertida, muy al contrario que la gran mayoría de los deportes, cuando las cosas salen mal: las carreras son emocionantes cuando hay hostias, descontrol, lluvia, cuando el safety car desbarata los tiempos y las tácticas iniciales no sirven, cuando alguien pierde los nervios y se come una chicane (veáse el propio Alonso en Canadá)… creéme, si la carrera buena es aquella en la que Alonso marca pole y no pierde el puesto durante 70 vueltas, algo no funciona en esto. Los apasionados de la ingeniería se lo pasarán pipa, pero el resto… en cuanto se acaba la emoción se seguir al héroe (el españolito de pie que consigue una proeza, como antes fueron Ángel Nieto, Manolo Santana o Miguel Indurain), la pasión por el “circo” se evapora.
Muchos se mofaron de Montoya cuando el año pasado se pasó a la NASCAR. Qué quieres que te diga: correr en óvalo es repetitivo, sí, pero también hipnótico. Y la emoción durante la carrera es mucho mayor: dos coches en cabeza pueden estar rozándose durante vueltas enteras, y un error puede dar la victoria a cualquier coche de la masa que les sigue. Eso es lo que mola de las carreras NASCAR: que todos suelen ir en manada, saltan chispas al friccionar las carrocerías y hay grandes posibilidades de que la emoción se mantenga hasta el final.
Buscando fotos para este post, he descubierto esta entrevista a Briatore que me ha parecido reveladora. Rescato una frase tremenda: “Every time there’s excitement it’s because something’s happened outside or because it’s heavy rain or there’s some accident or stuff like that". Cristalino.

Hace unas horas charlábamos a gritos Varela, Carlos y yo sobre política, rodeados de borrachos y niñatas.
Yo aproveché para exteriorizar mi consternación por un tema que, como español, siempre me ha subyugado: cómo nadie fue capaz de matar a Franco durante 40 largos años. Como soy bastante ignorante en Historia, no puedo aportar textos ni referencias, pero quiero pensar que a lo largo de ese tiempo sí que hubo conspiraciones que quizás nunca salgan a la luz. Pero, al final, el resultado es igual de desolador: nadie lo hizo.
Bueno, al menos ETA sí que se cargó a Carrero Blanco, cosa que les agradezco. El resto de sus actividades son harina de otro costal, un costal bastante putrefacto, por cierto. Solo hay una cosa más tonta que un nacionalista español, y es un nacionalista vasco.
Hablar de matar a Franco es abrir un melón interesante de nuestra psicología como pueblo-Estado-nación-terruño: a los españoles nos encantan los mitos. Siempre los hemos utilizado, los hemos creado, los hemos defendido y deseado: Don Pelayo, el Cid, el apóstol Santiago, los Reyes Católicos, Carlos I, Pizarro… Estos hombres-mito nos representan, nos encarnan, nominalizan nuestras esencias como nación, si acaso ese proceso metacorpóreo es posible.

Esta cultura del súper hombre que rige los destinos del pueblo español es probablemente la causa de nuestra miopía democrática. Afortunadamente estamos aprendiendo rápido: ahora cualquier presidente del Gobierno es constantemente vapuleado, prueba de que vemos a los políticos como seres a los que exigir el máximo. Cuando se habla de caos, degradación política, guerracivilismo (tanto desde el PP como desde el PSOE) o de que todo se rompe me parto de risa, porque esa es la verdadera dinámica de una sociedad avanzada políticamente: estar todo el día discutiendo.
Pero nos ha costado. Siempre hemos sido un pueblo de borregos, de dejar que uno y sólo uno nos mande y guíe. Lo cual no es extraño si se piensa en el poso cultural que tenemos: como república romana nos hubiera ido de puta madre, pero tanto los reinados teocráticos cristianos como islámicos nos marcaron a fuego que Dios-Rey-Papa era todo uno, que debíamos agachar la prez, poner la otra mejilla y obedecer.
Y nos lo creíamos, porque fuimos el país de la monarquía absolutista más chusca (Fernando VII, menudo tiparraco), de la Contrarreforma más virulenta (la Inquisición, ah, qué gran invento español) y donde la Revolución no filtraba porque eso era de “afrancesados". Así nos fue durante el XIX…
Y por fin llegamos a una segunda república, pero cuatro gerifaltes y la mitad analfabeta de este país no querían verse convertidos en una alucinada mezcla de masones, rojos y ateos en algo que de España pasaría a llamarse Eusko-Catalunya-Rusia.
Y nació el mito Franco, auténtica figura freudiana de comandante-padre-guardián, que nos llevaría por el buen camino y nos cuidaría con aire severo y paternalista. Durante décadas interpretó ese papel a la perfección, hasta llegar a hacernos creer que él era único y necesario, el elemento primordial sin el cual nuestras existencias derivarían en caos. Solamente cuando murió de viejo y enfermo nos dimos cuenta de que no, que él no era más necesario que cualquier otro.
Comenzó la mal llamada transición y la democracia hizo el resto. Quisimos olvidar rápido a Franco: tan rápido, que Tejero y sus amigos, afectados por una profunda estulticia y un enfermizo anhelo por restaurar lo muerto, quisieron recordarnos que España es un país que debe ser llevado (o atado) por una buena correa. Afortunadamente, su legado es hoy uno de los hitos del humor televisivo nacional.
Como decía, quisimos olvidar a Franco. Pero ya era tarde, no matamos al padre en su momento y no completamos el rito de iniciación hacia una democracia sana. España pasó la mayor parte del siglo XX bajo un gobierno propio del XIX, y eso aún pesa como una losa en nuestra cultura política y nuestra tendencia a aferrarnos a lo que queremos ver como eterno, invariable, inmutable, tranquilizador.
En el fondo, y esto es algo que nos debería hacer pensar en el papel de Felipe de Borbón como jefe de Estado, los españoles tenemos miedo de gobernarnos a nosotros mismos.
Feliz día de Acción de Gracias. Sí, hoy es el tercer jueves de noviembre, así que en EE UU celebran esta tan cinematográfica fiesta. Según he podido leer en la Whiskypedia (dónde si no), hay una curiosidad, y es que en Canadá se celebra el segundo lunes de octubre, que este año cayó en 9, el cumpleaños de mi mejor amigo. ¿Cuántas películas y series no habremos visto en las que los protagonistas se reúnen en torno a una mesa a comer un enorme pavo? Puro costumbrismo estadounidense, jeje.

Sé lo que estás pensando, y quería llegar hasta aquí. No he estudiado sociología, pero hay algo que me intriga de las aceradas críticas que suelen recibir las fiestas populares estadounidenses. ¿Por qué nos tomamos tan a mal Halloween o Thanksgiving? Es bien cierto que se nos ha inundado mucho con estas cosas vía audiovisual, pero ¿acaso nos apuntan con un arma para que veamos esas películas o series?
Como cada año parece –ojo, parece– que la celebración de Halloween va calando cada vez más en España, nunca faltan voces que atacan esta celebración calificándola de mercantilista, estúpida o yanqui, último adjetivo este que parece ser peor que llamarte hijoputa. Una celebración que puede ser tan gilipollesca (o inteligente) como el entierro de la sardina o cualquier costumbre de ciudad o pueblo durante la cual la gente se disfraza o viste de manera particular se convierte en blanco de todo tipo de ataques. ¿Por qué? Además del atávico celo español ante lo foráneo y su neanderthaloide manía de considerar lo propio siempre como mejor que lo ajeno (clima, gastronomía, costumbres, mujeres, etc.), en este caso se suma esa tan pseudointelectual e izquierdosa manía de aborrecer todo lo que proviene de los Estados Unidos.
Así que ya sea por nacionalismo (español u otro) o por antiamericanismo, todos parecemos dotados de licencia para insultar a los que celebran estas dos fiestas en particular (parece que el 4 de julio está más perdonado, quizás por su importante y sensible significado social y político). Como los subnormales que creen que España (o Cataluña o el País Vasco o Galicia o lo que sea) es el centro del mundo no tienen remedio, me voy a centrar en los que consideran que ser de izquierdas es sinónimo de ridiculizar y atacar todo lo que provenga del país de la mantequilla de cacahuete.
A todos los que desprecian estas fiestas les avisaré que quizás se estén dejando llevar por una corriente subterránea, oh paradojas de la vida, ni mucho menos izquierdista-alternativa-intelectual, sino más bien católica, apostólica y romana. Porque si algo es Halloween es una mofa y befa de la seriedad con la que nos solemos tomar la muerte, una noche en la que los muertos visitan la tierra de los vivos y estos últimos se visten de muertos para pasar desapercibidos. Algo que ha evolucionado hacia una fiesta chillona y hortera, en puro contraste con nuestro apolillado y adusto Día de Todos los Santos. Así, en lugar de una sacrosanta memoria de los que se fueron, nos encontramos con que la noche anterior el personal se va de profana parranda. Algo que no dudo de que los más cicateros guardianes de la moral católica se han empeñado en borrar a lo largo de décadas, especialmente por ser proveniente de un país tan vacío moralmente (pensarán ellos) como EE UU. Y como por lo visto la noche de los muertos tiene raíces celtas, pare usted de contar: esas celebraciones precristianas y atávicas que agradecen cosas al sol o a la luna no hacen sino empañar los sólidos (eso dicen ellos) pilares de nuestra cristiandad. Esto entronca con Acción de Gracias, pues lo que celebra –en teoría, pues todas las fiestas terminan diluyéndose y perdiendo su significado– es una buena cosecha (a Dios, no olvidemos lo también profundamente religiosa que puede llegar a ser la sociedad estadounidense).

Hete aquí, por supuesto, una nueva paradoja: gran parte de las celebraciones cristinas no son sino trasuntos, disimulos o mutaciones de antiguas celebraciones paganas; por muchos santos que pongamos por delante, el grueso de lo que festejamos en este país y otros viene de solsticios, equinoccios y otros saturnales. Así que, amigo, antes de poner a parir cualquier celebración, por tonta que parezca, párese a pensar que seguramente no sea más que una transformación de lo que usted mismo celebra: la llegada de la primavera, el comienzo del verano, la recogida de la cosecha, la venida del invierno, los muertos que vuelven, los vivos que se van… ¿Qué otras cosas, si no, nos importan a los hombres?
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Menuda gilipollez lo de la numerología. Y qué cartel más feo el de la nueva Profecía. To retocao, que el niño parece un dibujo. Aunque un pelín tópica por lo de la cruz-sombra, esta versión me parece mucho más interesante:

Buen truco lo de aprovechar esta fecha, pero recordemos que en la original se decía que Damien había nacido a las seis de la mañana del día seis del mes seis. O sea, que cada año seguro que nace un lucifer y no pasa ni media… Y lo del 2006 tiene tanto sentido como si hubiera sido en 2016, en 1996 o en 1776…
Por eso digo que lo de la numerología siempre ha sido la ciencia oculta que menos me ha convencido, porque cada cual puede ir sumando y restando como le sale del culo y asociarlo a cualquier movida/parida, encontrándole una asociación churrimaléfica-premonitoria.
Siguiendo con el tema místico: el otro día escuché un rato, mientras medio me echaba la siesta, una especie de documental que ilustraba y jugaba a demostrar lo supuestamente cierto de las supuestas premoniciones de Nostradamus. Me descojonaba tanto que tuve que apagar la tele para conciliar un poco el sueño. Qué de paridas, señor.
Mientras escribo, veo de reojo la corrida por el 75º aniversario de las Ventas. El día 9 escribo un poco sobre los toros, hombre.
He leído con la curiosidad del quasineófito esta entrevista a Amilibia, periodista célebre en los 70 y 80 y que prácticamente desapareció del mapa después de cargarse a un tío de un disparo por una discusión de tráfico. La entrevista se debe a la presentación del nuevo libro de Amilibia, que narra esa época dorada del periodismo español que fueron los años de la transición.

Para empezar, odio las historias sobre supuestas edades doradas. Y, en particular, creo que odio las historias sobre supuestas edades doradas del periodismo en España. Debido a una mezcla de envidia y rechazo, me pone de mal humor leer loas y batallitas sobre el rollito ese de redacción-bar donde periodistas golfos y de raza, entre brandis y cigarrillos, salían a la calle y escribían heroicas historias cotidianas.
Autoanalizándome, no sé muy bien la magnitud de esa envidia ni el porqué de ese rechazo. Supongo que es la envidia es de esas envidias caprichosas que se te pasan en cinco minutos, en cuanto recapacitas un poco sobre lo que envidias.
Porque he tenido la oportunidad de conocer de cerca a un par de esos periodistas de raza y créeme… al estudiante de primero le puede apasionar ser como los tipos de Primera plana: sombrero, camisa arrugada y corbata medio desanudada, libreta llena de garabatos y dotado de un especial olfato para una buena story que haga que tu director deje de gritarte y te invite a un whisky. Pero si alguna vez la realidad ha parido una estampa semejante, ha sido la excepción que confirma la regla.
Porque lo común de este tipo de personajes tan bohemios y atractivos es que terminen, además de bronquíticos y cirrósicos, hastiados de la rutina y acomodados en esa especie de pose o actitud de “periodistas de la calle". Una pose que sólo se mantiene como defensa y autoengaño, porque la cruda verdad es que ya da igual escribir sobre un homicidio que sobre un parto, el “periodista de la calle” termina escribiendo de forma automática, casi sin pensar, y llega un momento en que los artículos sólo se diferencian en los nombres, los lugares y el titular (y a veces ni ésto).
Este “periodista de la calle” termina encasillado, caducado, incapaz de escribir sobre otra cosa, nulo a la hora de reciclarse y atrapado en la dinámica de llegar, ver, oír y escribir con el piloto automático.
En cuanto a esas redacciones llenas de humo, charlas de fútbol y mujeres, escribidoras repiqueteando y teletipos zumbando, donde tus compañeros son como una familia o tu única familia, en las que siempre se echa el cierre con una copa y se espera a que salga la primera tirada y se lee y se comenta, y a veces uno no se va a su casa, sino que se queda allí a dormir… qué quieres que te diga. Que me suena a lo mismo que cuando eras crío y tu abuelo te contaba historias de la guerra o la posguerra, y lo hacía tan bien que tú deseabas haberlo vivido.
Es decir, fantasías. Buenos recuerdos de momentos puntuales que el tiempo deforma y la nostalgia convierte en mitos. Me encanta conocer cómo funcionaban antes las cosas, pero odio que se idealicen. Porque el siguiente paso tras ese endiosamiento es la comparación con la actualidad, y eso sí que no lo soporto. En cuanto oigo a alguien pronunciar las palabras “aquellos sí que eran buenos tiempos. No como ahora…” me pongo alerta.
Me pongo alerta porque siguiendo esas actitudes parece que hoy y ahora no podemos hacer nada, no tenemos el control sobre nada, no podemos cambiar nada. Parece que hoy todo está adulterado, homogeneizado, controlado, estandarizado. Según estos gurús del pasado, antes sí se protestaba, antes sí se investigaba, antes sí se hacía buen periodismo. Hoy ya no, claro, hoy las grandes corporaciones lo controlan todo, y todo el mundo se vende como una puta barata, no hay grandes hombres, no hay interés por saber la verdad, no hay nervio ni chispa.
Vaya. Parece ser que si no has nacido antes de 1960, no tienes nada que hacer en el periodismo de este país. Y digo periodismo por no decir cine, pintura, publicidad, Bolsa, deportes… si te paras a pensar, en todas y cada una de las actividades humanas hay una época dorada. En todas, joder, y ninguna es la actual. ¡Hasta internet ya ha tenido su época dorada que no va a volver, la de finales de los noventa, antes de que explotara la burbuja de las “puntocom"!
Para terminar con la inducción, concluiré que, como en tantas otras facetas y ocasiones, me temo que lo que subyace tras esta actitud es el miedo a mañana y a la responsabilidad de hoy. El terror que supone saber que eres responsable de lo que haces, que en tu mano está afrontar lo que venga mañana, siempre nos ha empujado al ser humano a mirar atrás, buscando consuelo. Y, ya sea por algo que hicimos nosotros o por algo que hicieron nuestros ancestros, siempre, para tranquilizarnos respecto a la incertidumbre del futuro, decimos: “aquellos sí que eran buenos tiempos…".
Porque esos periodistas que añoran el periodismo de la transición son responsables, también, del periodismo de hoy.
Me piro unos días, como tres cuartas partes de la gente de este país. Si eres creyente y practicante del catolicismo, pues que te aproveche todo este carnaval de piedades, vírgenes, cristos y la madre que los parió.
Si no participas de estos circos, pues no enciendas la tele o desaparece de donde huela a incienso. Es lo que yo voy a hacer.

“Siempre hay una élite que decide y una masa que imita”

Tuve un profesor en la universidad, David Caldevilla, al que muchos odiaban porque solía hablarnos -casi nos arengaba- sobre las élites. Insistía en que nosotros, alumnos de la universidad, éramos la futura élite. La gente creía advertir en esto un tufo a fascismo, o quizás su mentalidad churriprogre les hacía huir de toda tentación. Yo, en cambio, escuchaba casi arrebatado. He de reconocer que este tipo de discursos me fascina. Llegando al colmo de la sinceridad, he de reconocer que si hubiera sido un joven berlinés en el año 35, probablemente me habría alistado con ganas e ilusión en el partido nacionalsocialista. Porque me encanta la élite.
Bien, ahora toca explicarse. Dejando a un lado el absurdo rollo racial, clasista o sexual, considero necesaria la existencia de las élites. Élites que podría decirse que son malas por sí mismas, pero es que peores son las masas. Élites que suelen desprestigiarse a sí mismas porque se dejan llevar por la codicia, el poder, por la lujuria que supone el saber que son mejores que la masa. Mejores porque están más preparadas, mejor informadas, disponen de más recursos.
Quítate prejuicios de la cabeza. No te imagines a cuatro prebostes mangoneando, ni a millonarios derrochando su pasta, ni hordas de niños de papá presumiendo de coche. Piensa en una élite transversal: que no está en la cúspide pero que destaca por su capacidad de innovación, resolución y éxito. Una élite que abarca todos los campos y ejerza de motor económico y social. Una élite que critica, piensa e incluso destruye.
Joder, voy a intentarlo.
Sí, querido lector. Tal y como nos dice Paco en el comentario número ¡64! del affair chicas en tetas, hoy, El Periódico de Catalunya le dedica un artículo al asuntillo de las estudiantes descocadas. Eloy Carrasco firma una crónica del suceso y, como buen periodista, se hace eco de todos y cada uno de los sabrosos rumores, alguno de los cuales no tiene desperdicio. La bola de nieve que nos llevará a todos por delante.

Me ha encantado este fragmento: “… Uno expone que todo fue urdido por un alumno de la Complutense de Madrid que pretendía demostrar hasta dónde puede llegar una leyenda urbana echada a rodar en los supersónicos raíles de internet".
Y, tratándose de estudiantes de odontología, no podemos obviar este chistecillo final: “En la selva de mensajes, muchos avisan del peligro de la red, otros anuncian la creación de clubs de fans de las muchachas y pocos se compadecen del pirata que saqueó el ordenador en la confusión de la fiesta. Y eso que ahora es él quien está en la silla del dentista".
Si piensan hacer un Diario de… con esto, que me llamen para dar mi opinión como joven periodista que está en contacto con la realidad y la retransmite a través de su blog decadente y enfermo. Tengo información comprometedora de las más altas esferas suministrada por las más inhóspitas fuentes…
Sí, amigo lector, me ha llegado otro ejemplo de vida truncada por el despropósito. Después del terrible caso de la pechugona de la UAX, nos llega…
El desagradable y ridículo misterio del pijo madrileño por excelencia

No sé si el tío es de Madrid. Ni me importa. Lo interesante aquí es la pinta de lechuguino que tiene. Por favor, si le ves por la calle, o a alguno de sus pares, dale una colleja de mi parte. Porque como me lo encuentre yo, le parto las piernas sólo por el detallito del pollo fascista.
Junto con la foto, en el mail que todo el mundo se estaba pasando jocosamente se incluía este texto:
“Cúmulo de despropositos:
-Pijo
-Haciendose el sensual
-Facha (ver pegatina del armario)
-Enano
-Pelo ridículo
-Cuello levantado
-Fumarel (cómo no) mega petada
-Posición estrategica de las manos… mmm qué sexy!!!
-Pelo Dark Veider que aumenta su cráneo en 4 veces (hijo, pareces un Chupa Chups)
CONSEJO: Trata de evitar que se vean tu videos de Disney cuando te hagas una foto para ligar, porque sí, aunque parezca sorprendente, alguna pija imbécil se pillará por este pringao y su puto pelo ondeante.
DUDA: Quien estará detrás de la cámara ?? Otro Guas ?? Su novia Guasa ?? Su madre ?? Habrá puesto la cámara en modo auto porque nadie quiere ser responsable de semejante aberración de niñato?? Quién sabe… si es que tiene que haber gente para todo…
QUE RULEEEEE EL PIJO !! Aunque sea un virus social, es inofensivo para nuestros ordenadores".
Si buscabais el equivalente humano a los perros-patada, estais de enhorabuena. Descanse en paz el pobre muchacho.
Eres testigo directo de la génesis de una leyenda urbana. Puede que ya lo supieras. Es el tipo de noticia que no sale en la tele, a no ser que metan a alguien en la cárcel. Centenares de e-mails en cadena. Decenas de foros echando chispas. Varias versiones de la historia circulando por la red. Desde el más estricto respeto al honor, pero sin ocultar un solo matiz de todo lo que puede resultar de interés, este blog pretende arrojar luz sobre…
Toda la verdad sobre el caso de las tres estudiantes de odontología de la Universidad Alfonso X el Sabio
Parece ser que tres chicas estudiantes de odontología se pusieron una noche a hacerse fotos con sus modelitos preferidos. Supongo que por hacer la tontería se empezaron a quitar la ropa, hasta acabar desnudas. Entonces, alguien encontró esas fotos. Los primeros e-mails comenzaron a mediados de enero, por lo que he llegado a saber. En esos correos se adjuntaban todas las fotos de la sesión de las tres amigas. Entonces todo prendió como un reguero de pólvora, y ha crecido hasta el punto que yo he visto el material organizado en una presentación de Power Point, con textos y todo (algunos muy buenos, por cierto).

Aquí comienza la leyenda. Dicen que un amigo, en una fiesta, se metió en el ordenador de una de ellas y les robó las fotos. Dicen que las tres chicas perdieron la cámara, y que alguien la encontró y colgó las fotos. Para la primera versión, también dicen que las tres denunciaron al amigo que les robó las fotos. Hay por ahí alguno que asegura que esas fotos tienen dos años y que las chicas son de Bilbao.
Sin embargo, algunas pesquisas apuntan a que una de ellas, la morena sin gafas, se llama Sara y es de Salamanca. Este dato parece ser cierto, pues he llegado a un grupo MSN donde aparece una foto suya y su dirección de correo Hotmail.

Dicen que están de Erasmus, en plan “huímos del país por la vergüenza y la presión". En unos meses dirán que alguna se ha operado para que no la reconozcan. Lo cierto es que han sacudido el panorama nacional de chorradas y correos basura de internet. Han resucitado el viejo debate sobre si son unas putas o si merecen respeto y que sus fotos no se sigan reenviando.
Si después de este pseudoartículo de churriinvestigación quieres saber mi opinión, es la siguiente:
-Si las fotos fueron robadas, es un delito. Pero no lo es seguir compartiéndolas, pues ya han trascendido la esfera de lo privado (que no íntimo, recordemos) y se han convertido en algo público.
-No soy unas zorras ni unas guarras. Son unas amigas que un día les dio por hacer el paria. Están buenas y lo saben, no hay ningún problema. Después del shock inicial, yo las animo desde aquí a que se muestren orgullosas. Ojalá mi novia se hiciera fotos así y las enseñara, estaría ecantado. Diría: “mira qué guapa es mi chica".

Un post en el blog (vaya frase, por cierto) de Nacho Vigalondo me empuja a desvariar un poco sobre el sabroso tema de los viajes en el tiempo. Más aún, los viajes en el tiempo en algunas pelis y mi visión del asunto, cómo no. Licenciados en física, perdónenme.
Así, a bote pronto, me encuentro con dos formas de narrar y describir el viaje en el tiempo. La primera versión es la que sitúa el viaje en una única dimensión o universo, para entendernos. Así, cada vez que el viajero va adelante o atrás, transforma la realidad, que inmediatamente se adapta a lo que el tipo haya hecho. De esta concepción surge la conocida paradoja del abuelo: si viajas a 1940 y matas a tu abuelo, éste no engendrará a tu padre, y tú, de alguna forma, desaparecerás, pues no podrías nacer.
Obviamente, acabo de contar Regreso al futuro. En esta gigantesca peli, Marty McFly estaba a punto de desaparecer literalmente, en plan vanishing (qué bonita expresión me acabo de inventar). Su metedura de pata dimensional provocaba una reacción en cadena que llegaba a afectarle a él directamente, lo que provocaba que el continuo espacio-tiempo le nominara de la existencia.
Por cierto, qué fuerza tienen las palabas “continuo espacio-tiempo", ¿eh? Suena casi como si nombraras algún dios…

Esta forma de ver las consecuencias de un viaje temporal también se exponía en 12 monos. A lo largo de toda la peli, Bruce Willis intenta desentrañar una especie de recuerdo que tiene desde pequeño: un tipo con un revólver que dispara, un tío con peluca que cae herido, una mujer rubia que grita… Al final, Willis -y nosotros- descubre pasmado que el tipo con peluca es él, que está siendo él, que la rubia es Madeleine Stowe disfrazada… y todo está siendo presenciado por un crío… él mismo de pequeño.
Dramáticamente, esta forma de ver los líos temporales es cojonuda. El problema que a mí se me presenta con esta concepción, como niño aficionado a la ciencia, la astronomía, la ciencia-ficción y los misterios de todo pelaje que fui, es que retrata una idea estacionaria, estática, no cambiante del espacio-tiempo. El ejemplo de 12 monos es el mejor: todo encaja, es perfecto, es como un puzzle. Pero estático, y parte de un par de presupuestos que yo creo que no están nada claros.
Viajas atrás y modificas algo. Y esa modificación, de alguna forma, transforma la realidad y ésta se adapta instantáneamente. Es decir, todo cambia, teóricamente tú incluído (por eso Marty McFly está a punto de desparecer y por eso Bruce Willis tiene ese recuerdo desde pequeño). Cada nuevo cambio que introduzcas en la historia cambiará el universo y producirá un cambio en ti. Algo parecido a lo que ocurre en El efecto mariposa: sin máquina del tiempo, sino que a través de los recuerdos, Ashton Kutcher va cambiando cosas de su infancia que le llevan de nuevo al periodo actual de su vida, pero con todo transformado, incluído él mismo.
Y teóricamente, esos cambios se irán superponiendo como si montaras un castillo de naipes de nuevos acontecimientos sobre la línea temporal original.
Mi primer argumento en contra de esta forma de ver el viaje en el tiempo: el desmedido valor que se le da a las paradojas. Pongamos que viajo al 9 de octubre 1981, unos meses antes de que yo mismo fuera concebido. Llego y mato a mi madre. De pronto, me doy cuenta de la cagada que acabo de hacer, así que para solucionarlo, viajo a un día antes, al 8 de octubre de 1981, y mato al Yokin que está a punto de matar a mi madre.
Perfecto, me digo. Ya me he salvado, voy a nacer y todo vuelve a la normalidad. Pues no. No me he salvado porque he matado al Yokin que después de matar a mi madre iba a darse cuenta de la cagada e iba a viajar al 8 de octubre. Es decir, estamos en las mismas, también voy a desaparecer, he puesto fin a mi vida igualmente. Sí, ese niño nacerá, pero yo estoy desapareciendo de todas formas… Otra duda importante es: ¿cuánto tarda el universo en “ajustarse” a sí mismo? Es decir, ¿cuánto tiempo pasará desde que mate a mi madre hasta que yo desaparezca? ¿Ese “ajuste” se dará a la velocidad de la luz, por ejemplo?
Esto no me convence por una sencilla razón: toda intromisión altera el objeto de estudio. Soy un convencido defensor de los universos alternativos o paralelos. Por tanto, en cuanto viajo a 1981, ya no estoy en el 1981 original, sino en uno diferente, generado a partir de esa brecha que ha sido el viaje en el tiempo. Piensa en las típicas líneas de tiempo que se bifurcan, como en Regreso al futuro II. Todo lo que haga o deshaga ahora no me afectará como individuo, pues yo provengo de una línea temporal intocada, en la que es obvio que nadie asesinó a mi madre. Todo lo más que me puede ocurrir es un fenómeno que he bautizado (y tengo registrado) como “el fenómeno del niño perdido".
Vuelvo a la paradoja de antes. Llego al 9 de octubre de 1981 y mato a mi madre. Me doy cuenta de que no pasa nada, no estoy desvaneciéndome ni el universo ha implosionado. Así que cojo y vuelvo al 21 de enero de 2006. ¿Y qué pasa? Que, oficialmente, no exito. Mi padre hizo otra vida después del misterioso asesinato de su joven esposa. Yo nunca nací. No hay nadie con mi nombre, mi número de DNI pertenece a otra persona. Soy alguien que está en una dimensión en la que no debería estar, soy un “niño perdido".
Lo más apasionante de esto es que, al mismo tiempo, en mi dimensión temporal original, que está a una especie de vuelta de la esquina temporal, mi familia y la policía me buscan. Todo lo que saben es que desaparecí el 21 de enero y no he dejado rastro. Tengo que arreglar esto, así que viajo al 9 de octubre del 81, mato al Yokin que mató a mi madre y vuelvo al 21 de enero de 2006. Recuerda que este segundo viaje al 9 de octubre ha generado una tercera línea temporal, así que matar a mi doble no me acarrea ninguna consecuencia porque:
a)nadie mató a mi madre, por eso nací
b)nadie me mató al llegar a 1981, por eso pude volver a 2006 y, después, regresar de nuevo a 1981
Los viajes temporales están generando nuevas líneas con “verdaderos dobles” a los que, si elimino, a mí no me ocurre nada. La curiosidad de todo esto es que, aunque aparentemente yo vuelva a 2006 y todo parezca normal, sí que siguen existiendo, como flecos, dos dimensiones sueltas:
1)en la que desaparecí misteriosamente en 2006 y nunca se volvió a saber de mí
2)en la que mi madre es asesinada en 1981 antes de quedarse embarazada y, por lo tanto, nunca existí. Y en la que, por cierto, ese mismo año se encontró el cuerpo de un chico sin documentación y nadie reclamó el cadáver. Curiosamente, en esa misma línea temporal, unos años más tarde, en 2006, otro joven sin documentación buscaba desesperadamente a alguien que le conociera, y al que nadie había visto antes.
En resumen, podría decir que mi teoría es que los viajes en el tiempo y los cambios que pudieran hacerse afectan a todo, pero no a ti como materia. Tú no desapareces, no te esfumas, no te desintegras. Todo lo más, puedes convertirte en un “niño perdido".
Hablando de Regreso al futuro: esa trilogía me encanta. Pero, además de lo de desaparecer, que nunca me convenció, resulta que las tres películas se contradicen. Si en Regreso al futuro Marty está a punto de desaparecer cuando sus padres no se besan (símbolo de que todo iría con normalidad), ¿cómo es que Marty no se transforma inmediatamente en el Marty que está en un colegio suizo en Regreso al futuro II? Recuerda que Biff Tannen, al hacerse rico gracias al almanaque deportivo, se casa con Lorraine, la madre. Y su mundo se convierte en un infierno. Si seguimos la teoría de la peli, todos los cambios en la línea temporal habrían de afectar inmediatamente a los protagonistas, incluso físicamente, ¿no?
Hay, incluso, un problema mayor: si todos los cambios se incorporan automáticamente, en ese 1985 alternativo e infernal Doc y Marty nunca se habrían conocido y no habrían viajado nunca en el tiempo. No estarían viajando, no estarían en ese instante juntos. Ahí se nota que los creadores de Regreso al futuro II echaron mano de la teoría de los universos paralelos -con secuencia de pizarra y todo-, teoría que en la primera parte brillaba por su ausencia.
De la misma forma, en 12 monos, con la teoría de los universos paralelos, Bruce Willis nunca tendría ese recuerdo de niño, porque el vendría de una línea temporal “inmaculada", en la que ningún “yo futuro” suyo con peluca era tiroteado por nadie. De hecho, imagina que nuevos acontecimientos se fueran sucediendo delante de ese niño: ¿eso significa que nuevos recuerdos se generarían en la mente de Willis al mismo tiempo que las cosas ocurren? La verdad que narrativamente es muy interesante, pero no me convence. Imagina que una bala perdida mata a ese niño. ¿Qué haría ahí Bruce Willis? ¿Desaparecer al instante, también?
Para hoy, una reflexión. El País Semanal Extra Navidad del 11 de diciembre. Artículo “Un mundo de espumillón", escrito por Anatxu Zabaldeascoa. Dice:
“… ambas tradiciones [el Tió catalán y el Olentzero vasco y navarro] tienen origen en los rituales propiciatorios del solsticio de invierno. Como la propia Navidad: la Saturnalia era la antigua fiesta romana en la que se recordaba al dios del sol, Mitra, en el día de su nacimiento: el 25 de diciembre. La Biblia no dice que Jesucristo naciera el 25 de diciembre, pero parece que fue el obispo Liberio quien, en el año 354, decidió que ese día sería el del nacimiento de Jesucristo".

Toma ya. Para que luego digan que el consumismo de estas fechas está acabando con el verdadero sentido de la Navidad. Cuando resulta que el verdadero flow es darse fiestorros al más puro estilo romano. Entre el libro de Graves que me compré el otro día, la serie de Cuatro y esto, mi grecorromanofilia me está saliendo por todos los poros. Un día de estos me veo el Calígula de Brass y lo remato…
Hace años, creía recordar que nuestra profesora de naturales, cuando teníamos 11 años, nos puso un documental sobre el cerebro en el que contaban la historia de un tipo al que una barra de hierro le atravesó la cabeza y, milagrosamente, no le mató.
Unos años después, en un capítulo de Expediente X, Scully hacía alusión a esta historia. Yo, un adolescente obsesivo, recordé aquel documental y me dije: “lo sabía". Pero que la anécdota apareciera en dicha serie no me hacía tenerlas todas conmigo.
Este verano, en el FIB, mi compañero de fatigas y yo buscamos drogas y un reportaje y, en el camino, alguien nos pasa un fanzine. Lo ojeo, hasta que en una página hablan de Phineas Gage. El tipo al que una barra de hierro le atravesó la cabeza. Aquí está. Era todo verdad. Arranco la página, tiro lo demás.

En 1848, el estadounidense Phineas Gage curra en la construcción de vías férreas. Una explosión accidental hizo que una puta barra de hierro de metro y pico de longitud y varios centímetros de diámetro le atraviese la cabeza, entrándole bajo el ojo izquierdo y asomándole por la coronilla. Las crónicas dicen que, mientras los compañeros ya rezaban por su alma, él estaba consciente y comentaba que no podría seguir trabajando.

Bien, pues no palmó. Perdió masa cerebral, pero la herida drenó y el tío se curó diez semanas después. Lo curioso es que su conducta se transformó. Pasó de ser un tipo agradable y responsable a un desastre. Gage era rudo, malhablando, despreocupado por el dinero y por sus familiares y amigos. Lo más curioso: a pesar de que recordaba perfectamente todo lo anterior y posterior al accidente, empezó a contar mentiras e historias fantásticas sobre su vida.
Se quedó sin curro, empezó a vagar de un lado a otro. Por lo visto, entretenía las fiestas de la alta sociedad haciendo bromas asquerosas con esa especie de segunda boca que tenía bajo el pómulo (supongo que a cambio de unos dólares). Llegó a formar parte del legendario circo de P. T. Barnum. Hasta que murió en 1861, con 38 años.

Desde entonces, es objeto de estudio científico. Lo último que he leído es que su caso ha servido para comprobar que en el lóbulo frontal del cerebro “está” la vergüenza. Típico de la sección de ciencia de los dominicales.

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