–¿Por qué no me llamaste?
Guarda silencio, le mira a los ojos. Le mira a través de los ojos. Ve el futuro, ve esos mismos ojos llorando. Se pregunta si, ya que no puede frenar este discurrir de los acontecimientos, al menos quiere hacer esto un poco menos difícil. Decide que no, que quiere ver estos ojos llorar. Así que, en lugar de contestar, ensaya mentalmente una sonrisa. La exhibe a continuación.
Esos ojos exploran la sonrisa en unas décimas de segundo, se muestran inseguros, débiles, ansiosos de una muestra segura de que las cosas no se van a derrumbar a su alrededor. Esos labios van a hablar, pero el futuro es demasiado lento para el gusto de quien ya lo ha visto pasar.
–No te he llamado porque las cosas se están derrumbando a tu alrededor.
Esos labios replicaron, esos ojos lloraron. Enfrente, a la distancia de una mesa de café en un bar rodeado de frío y viento, envuelto en un otoño de 2009, precedido por una primavera de 2001, un octubre de 2003 y antecediendo a una calurosa tarde de verano de 2011, la sonrisa se exhibió de nuevo. Esta vez sin frase que la acompañara. Los labios seguían buscando una respuesta que, al menos, fuera tranquilizante. De nuevo, algo a lo que agarrarse.
–No podemos terminar así. Después de tantas cosas, después de tanto tiempo… no nos lo merecemos. Y, por favor –rompió a llorar de nuevo–, no sigas sonriendo.
La sonrisa se congeló, como habría de hacer al recibir la llamada de las 18:41 del veintisiete de julio casi dos años después. Entonces pensará que llevó demasiado lejos sus ansias de aplastar aquel desamor. Pero todavía no lo sabía, no lo imaginaba, esos ojos no se lo contaron. Incluso para los más observadores el futuro guarda algunos secretos.
La sonrisa se congeló, la mirada se endureció como pocas veces en su vida había hecho y su voz habló.
–Sonreiré porque me lo merezco. Merezco librarme de ti, olvidarte ahora que he vuelto a tenerte. Desaparecerás de mi vida y yo seguiré sonriendo.
Hubo algunas palabras más, de esa sonrisa y de esos labios. Había algo de falso en lo que escupió, y es que no desapareció del todo, aún les quedaba una cita que completar. Y cuando la vio fría y reventada por dentro y declaró que hacía siglos que no sabía nada de ella, y repasó hoja por hoja todas las revistas del corazón que analizaban hasta el último detalle de su vida, cuando su sonrisa se encontró con sus labios y sus ojos, que ya no contaban nada sobre el futuro, supo que por fin su ego estaba satisfecho.
(dedicado a Ana, espero que sus ojos sigan mostrándome lo que vendrá)
Una noche, mientras trabajas en casa y, por supuesto, fuera de horario, recibes una llamada. Es de una chica que habla a gritos. Seguro que está borracha, se le nota por esa característica voz alegre pero ligeramente cansada. Parece estar en la calle.
–Oye, guapetón, ¿al final te vienes o no?
Le preguntas quién es. Estamos a jueves, alrededor de las dos de la mañana. Desde que empezaste en el trabajo nuevo no has vuelto a salir los jueves. Esta semana no has hablado con nadie de salir este jueves. Seguro que es alguien que se ha equivocado. Después de preguntar un par de veces más quién eres y repetir cosas como “¿oye?", “eh, ¿me oyes?” e intentar controlar tu volumen de voz, porque quieras o no son las dos de la mañana de un jueves, la chica responde:
–¡Soy Leire!
Me enamoré de ella. En un primer momento fue algo muy extraño, que nunca había vivido: la comunicación aquella noche se cortó enseguida, apenas le dije “perdona, es que no te conozco, te has confundido” cuando ella, al contestarme con algo parecido a “¿No ere” desapareció. Dejé el móvil y continué trabajando, pero no conseguí concentrarme: secretamente esperaba que ella volviera a llamar. No lo hizo en una hora larga, así que apagué el móvil y me acosté.
La mañana siguiente, al encenderlo, descubrí un mensaje. Suyo. Lo envió al poco de acostarme. Con una mezcla de curiosidad y temor –mezcla que ella siempre me provocaría, especialmente la única vez que la vi en persona– apenas tardé un segundo en leer el texto: “Sguro q m eqivoq?No ers Oscar?No t yame otra vz xq ya nos ibams". Lo releí varias veces, hasta sentir envidia de ese tal Óscar. De hecho, por un momento se me ocurrió suplantar la personalidad de ese tío. Lo cual era absurdo, así que simplemente respondí que, efectivamente, no era Óscar. Tenía ganas de contestar algo más, que eso no se quedara en solo eso, pero tampoco quería parecer un obseso o un pesado… al final, únicamente fui capaz de añadir “1 saludo".
La sorpresa tardó un poco en llegar, lo cual es lógico, porque cupo suponer que ella dormiría toda la mañana del viernes, si es que era una estudiante. La verdad es que me pareció una estudiante. Universitaria, seguro. Bueno, yo tenía 25 años recién cumplidos, no sería una gran diferencia si ella estuviera en quinto de carrera, por ejemplo… Sí, fueron este tipo de pensamientos los que tuve. No sé cual fue la razón de que una llamada errónea comenzara todo este proceso, a veces imagino que fue un resorte escondido, nada común, lo que provocó todo. Un resorte que nunca ha vuelto a ponerse en marcha.
“Lo siento,prdona si t dsprte ayer al ymart.Ns conocms?A lo mjor x eso t tngo en l movl.Cmo t yams?Yo Leire". Estas simples frases me dejaron helado. Enseguida comencé, cómo no, a fantasear. Estudié y reescribí el SMS de respuesta durante unos diez o quince minutos. Quise ser audaz pero cuidadoso, algo simpático pero no muy invasivo, estudiadamente despreocupado. Le di mi nombre, le dije que no conocía a ninguna Leire, puse un “jeje” al señalarle que no me había despertado. Apenas al minuto de enviarlo, la señal de mensaje recibido me sonó a gloria.
“Pues nkntada!Y q hacs,studias?Yo hago biologia". Directa, veloz, casi agresiva. Como un aguijón. Escribí que acababa de terminar la carrera y, mientras lo mandaba y una mitad de mi cerebro la imaginaba como un bellezón, la otra mitad, la escéptica, reía con sorna, presentándomela como un compendio de fealdad. Ella respondió al instante, yo continué, y esto duró dos o tres días. En total debieron de ser alrededor de 60 mensajes enviados cada uno.
Estaba convencido de que era guapa, inteligente, divertida, buena en la cama. Según nos escribimos más, más me convencía de ello. Me dio su dirección de e-mail (que ahora ya no funciona) y una tarde nos conectamos al messenger. Estuvimos cerca de cuatro horas charlando y pasándolo bien. Ninguno de los dos teníamos webcam, pero ella me pasó tres fotos suyas, de muy baja calidad (quizás tomadas con el móvil). Era preciosa, con una mirada magnética, oscura, profunda. Vacía.
De pronto, un día, después de un par de semanas desde que contactamos por primera vez, no contestó a un SMS mío. Pasaron las horas, algo absolutamente inusual en ella, pues siempre tardaba apenas cinco minutos en responder. Pasó un día entero, un día en el que debí de pensar el por qué de esa demora unas 500 veces. Así que la llamé. Y, mientras sonaba el primer tono, me di cuenta de que esa iba a ser la segunda vez que íbamos a hablar. Hasta entonces todo había sido a través de letras en una pantalla.
Su voz era áspera y viva, incontenible. Reía a carcajadas, parecía emocionada por escucharme. Me pidió disculpas, resultó que se había quedado sin saldo. Todos mis temores –sí, temí que hubiera desaparecido, que me hubiera abandonado– desaparecieron al instante. Hablamos de mil cosas, nos contamos mil tonterías. Debí de dar una veintena de paseos por todo mi piso mientras charlamos. Practicamos sexo telefónico. Fue la experiencia sexual más extraña, adictiva y excitante que había vivido nunca. Me sentí satisfecho, exhausto, abandonado. Cuando nos despedimos, fui incapaz de separarme del auricular. Me dormí.
Quedamos para vernos en persona. Mientras esperaba en el intercambiado de Moncloa tuve una erección enorme y el corazón me latía a disparos. El tiempo pasó y ella no llegaba. La llamé varias veces al móvil, no lo cogía. Me desesperé, pensé que le había ocurrido algo malo. La mitad de mi cerebro me mostraba un accidente de tráfico terrible. Yo no quería mirar, me concentraba en las caras de mi alrededor, intentaba encontrar el rostro que tantas horas había admirado en mi monitor. Esperé unas cuatro horas, y no apareció. Totalmente destrozado, me marché a casa como inconsciente.
Pasaron unos días, en los que no fui a trabajar gracias a tomármelos como vacaciones. Ella no contestaba, creo que hice unas 80 llamadas. Pasaba minutos escuchando la monótona señal, y nunca lo cogía. Así que decidí ir a su facultad.
Al llegar me sentí bloqueado, incapaz de entrar en el edificio. Si no me había mentido, sabía su curso, grupo y horarios. ¿Y si me había mentido? Si me había mentido ya era demasiado tarde para regresar.
Entré en el edificio. Subía las escaleras. Me crucé con varias chicas a las que tomé por ella. Sentí vértigo, pero tenía que llegar hasta el final. ¿Y si no existía?
Faltaba poco para que comenzara una clase, así que pude entrar en el aula. Al borde de un ataque de nervios, recorrí la estancia con la mirada, estudiando a todos los alumnos, que me miraban con cierto recelo. Ciertamente, mi aspecto debía ser terrible, pero no me importaba. ¿Y si alguien se había hecho pasar por ella?
Bajé a la cafetería, recorrí los pasillos durante un par de horas. Nada. Tambaleándome, salí fuera. Respiré hondo, pese a que algo puntiagudo me atravesaba el pecho. Levanté la mirada y, entre los coches aparcados, la vi. Todo desapareció, solo estaba ella. Iba en la parte de atrás de un automóvil. No sé quién conducía. Ella estaba distraída, con la mirada ausente hacia abajo, como si observara, a través del cristal de la ventanilla, el asfalto. Me sentí aliviado, agradecido, feliz solo por verla.
Pero, apenas intenté reaccionar y llamarla y acercarme y sacarla del coche y besarla, desapareció. Corrí tras el coche, que enseguida se perdió entre el tráfico de la Avenida Complutense. Corrí hasta que me ardieron los pulmones y caí al suelo. Me dolía el alma.
No he vuelto a verla. Pero sé que, por lo menos, existe.

© 2006
Me voy de vacaciones, así que el blog no se actualizará durante un tiempo. Mientras, para que te entretengas, te dejo este relato. Espero que lo disfrutes.
Lola
Siempre he dicho que el amor de mi vida será una argentina. Bueno, nunca he dicho lo del amor de mi vida, pero desde luego una argentina con un buen acento argentino siempre tendrá mil posibilidades más de hacerme caer enamorado que otra que no tenga ninguna clase de acento o que, peor aún, tenga un acento asqueroso, tipo vasco, gallego o asturiano.
Iba a decir que nunca he conocido a una argentina, pero lo cierto es que sí, que conocí a dos o tres hará ahora dos años. Mientras que de las tres eran auténtica morralla dos de ellas, la primera y única para mí era una piba de bandera, una hermosura llamada Lola.
Toma topicazo. Apuesto que hay más de un tango con ese nombre. La cosa es que esta muchacha era sencilla a más no poder y, sin embargo, poderosamente atractiva: melena castaña lisa y suelta, larguísima. Siempre iba con la cara lavada, o sólo con un toque de carmín, de un rojo muy leve, en esa boquita de piñón que tenía, que te daban ganas de acariciar primero, besar después y penetrar más tarde. Acompañada de dos ojazos de un tono canela tirando a vulgar, pero grandes y brillantes como bolindres recién comprados.
Qué carita, joder. Lo mejor de todo es que este rostro iba acompañado de un cuerpazo que quitaba el hipo, era bastante alta comparada con cómo suelen ser de altas las tías españolas. Dos piernazas cojonudas, bien torneadas, con unas pantorrillas casi perfectas, de éstas que marcan lo justo el gemelo, con un tobillo fino, casi frágil, y unas rodillas delgaditas: cuando iba con vaqueros ajustados, podías disfrutar del paisaje de esas dos piernas arqueándose ligeramente, formando esa curvita ideal hasta la cadera. Cadera que era una estructura ósea perfecta, centro neurálgico de un culo tremendo, unos muslos largos y generosos y una cinturita ajustada y plana.
Espera, que la cosa no acaba aquí. Dos buenas tetas como colofón, no muy grandes pero tampoco chicas, digamos que en perfecta consonancia con el resto de su cuerpo. La tía parecía de manual en ese sentido, uno de esos cánones de los griegos, algo así como que su cuerpo era siete veces la medida de su cabeza, o por el estilo.
Las veces que quedé con ella vestía estilo pseudohippie, rollo vaqueritos con blusa o camiseta, o faldas largas o faldas más cortas, pero siempre de blanco, o de colores claros. Parecería que vestía como una niña de mamá si no fuera por los andares despreocupados que llevaba, pero no esa despreocupación propia de las criajas bobas, inconscientes de que están buenas. Lo de Lola era más bien lo contrario: sabía que estaba buenísima, y aún así le importaba un carajo agacharse y que se le vieran las bragas asomando por la rabadilla, podía inclinarse y enseñarte el escotazo y el sujetador, o incluso, cuando no llevaba, se reía con esas carcajadas francas y ligeras y las tetas le botaban que era una maravilla, y ese estado de euforia risible le ponía los pezones duros como chinas, pero a ella le daba igual, incluso disfrutaría el roce con la camiseta y el ligero bote de esos pechos, de pronto más firmes por la irrigación sanguínea, y pensaría: “me las está mirando, y le gustan”.
A lo que voy es que esa actitud tan despreocupada, que alguna zorra envidiosa o algún gilipollas mal follado podrían confundir con fulanería; esa actitud, digo, le confería a Lola un status como superior, conseguía eclipsar a cualquier piba que estuviera a su lado, y no por el físico, sino porque parecía haberse librado de esa puta losa que casi todas las mujeres optan por cargar voluntariamente: la de ser siempre correctas, ir estiradas como si las hubieran metido un palo por el coño, cuidándose de no mostrar sus “vergüenzas”, tales como el comienzo de la copa del sostén, un poco de nalga o de muslamen, o el sobaco con esos pelillos sin afeitar, como de barba, o los pies sucios por las sandalias.
A Lola todo eso le importaba tres cojones, y no le importaba porque sabía que era lo más normal del mundo, y te transmitía esa normalidad de forma serena, pacífica, sin avasallarte. No era como esas putas cerdas punkis o esas tiradas con rastas caseras apestosas, que parece que van haciendo campaña por un mundo con más roña. No, Lola de pronto estabas hablando en el metro y levantaba un brazo para agarrarse y descubría, a la vez que tú, una pequeña mancha de sudor fresco en el sobaco del top, y a lo mejor te decía: “jo, vaya, estoy sudando, qué asco”. Quiero decir, que no disimulaba y bajaba el brazo y tú entonces mirabas para otro lado y los dos interpretabais la comedia “como que no hemos visto nada”. No, ella era tan natural que hacía que tú te miraras tus axilas, y si había también una mancha de sudor, le dijeras: “joer, yo también, es que esto parece una sauna”.
¿Ves la puta diferencia? Con una te sientes un extraño, con Lola sentías que era tu chica, aunque no lo fuera, y esa confianza termina creando un vínculo irrompible, ya se te puede poner cualquier tipa por delante, que Lola o las que sean como ella van a quedar ahí, como marcadas a fuego.
Me acuerdo la primera vez que la besé. Uf, habíamos estado paseando toda la tarde, callejeando como turistas (bueno, en el fondo lo éramos), haciéndonos mil y una bromas, contando historietas y chistes, mirando tiendas, puestos, monumentos, jardines… de todo. Hasta que, de pronto, nos quedamos parados en mitad de la calle, por nada en especial, quizás porque en una fachada en la acera de enfrente había algo pintoresco, no lo sé, la cosa es que nos paramos, y nos miramos un instante, un puto instante, y los dos sabíamos lo que iba a pasar, e hicimos que pasara, claro, qué coño íbamos a desaprovechar el asunto.

Creo que he perdido mi capacidad de amar. Esto lo pienso mientras fijo la mirada en un precioso pie que viste un zapato de tacón. La dueña de ese precioso pie y la esbelta pierna que lo continúa está bajando de un coche. Pisa la tierra polvorienta de este desierto en mitad de ninguna parte. Un gran parking junto a una monstruosa discoteca al aire libre. Unos matojos, entre verdes y amarillos, nos rodean. La miro, pero ella camina junto con su acompañante sin reparar en mi existencia. Típico. Mis colegas dicen algo y entramos nosotros también. Música de mierda puesta en todos lados. En todo lo que llevo de vacaciones, no he escuchado en un garito una sola canción no ya que me guste, sino que siquiera me motive a hacer algo. Llámalo bailar, saltar, cantar o palmear. Ni quejarme en voz alta. Vivo en una especie de niebla de indiferencia y hastío.
Has bebido lo justo para echarte unas risas fáciles, y casi por matar el tiempo, pero no vas borracho, ni mucho menos. Quizás por eso no te lo estás pasando tan bien como los zumbados que abarrotan el local. Todos con pintas de pastilleros y farloperos de provincias, ya sabes. Se creen los reyes del mambo por ponerse llantas en su Seat León o, los más pastosillos, en su BMW, aunque sea el modelo más barato de la gama. Sí, la verdad es que es fácil tomarse la vida de esta forma: su currillo que le da la pasta suficiente para tirar, su novia que le aguanta y viceversa, sus amigotes de toda la vida, sus findes de desfase, sus eventuales excursiones a algún triste puticlub o sus aisladas conquistas off the record -guarrillas yonkis con mechas que se tragarían cualquier cosa por una noche de nieve-; sus pintas de pandilleros o de futbolista de moda y, lo dicho, sus coches como símbolos de su masculinidad.
Te estás aburriendo a saco, miras a tu alrededor como haciendo que buscas a alguien, o comentas sin cesar lo buena que está esa o aquella. Quizás te tomas una copa más, más que nada por tener las manos ocupadas con algo. De pronto, como en un terremoto, notas que todos a tu alrededor se alteran, se mueven, titubean. Ves aparecer entre la masa a un grupito de tres o cuatro tías, que están buenas de verdad. Miras sus tetas, sus piernas, sus coños. Bueno, esto último más bien te lo imaginas. Y, cuando las miras a la cara, caes en la cuenta de por qué tanto revuelo. Son las populares de la zona, las pijas por excelencia, las niñas monas y los ojitos derechos de papá desde que nacieron, son el sueño húmedo de media comarca, la obsesión de sus compañeros de facultad o de trabajo o de lo que cojones sea el sitio al que van cuando no están de fiesta, son el centro de atención de los grupitos en las fiestas de los pueblos, son la envidia de las otras chicas, las vulgares, las no populares; son, siempre bien acompañadas de solícitos compañeros masculinos, la quasiperfecta encarnación de un anuncio de Tommy Hilfigher cuando están en la playa, con sus bikinis de marca, sus accesorios de moda y sus cuerpazos bronceados desde marzo; son, en definitiva, la hija del alcalde y sus amigas.
Mientras estás viendo el triste espectáculo de tus amigos arrastrándose por saludarlas e intercambiar un par de frases tópicas -"ey, tía, ¿qué tal todo?” y cosas así-, comentas: “Me cago en la puta, ¿es que nunca habrá elecciones en este pueblo?". Miro al grupito. La verdad es que la hijísima -por así decirlo y distinguirla de las otras dos cuyas caras me suenan- tiene unas tetas de impresión, tetas que ella más que nadie sabe lo bien cotizadas que están en el mercado local, por lo que se ha puesto un escotazo de aúpa que le sienta de lujo. Conozco de vista a esta piba desde hace cinco o seis años, y siempre apuntó maneras. Ya sabes, ese tipo de tías que son unas putas lolitas desde los once añitos, que aún no tienen tetas pero sí cara de zorra inmisericorde, esa miradita que derrite a cualquiera. Joder, crías con carácter capaces de volver loco a un adulto mientras tú, su compañero de clase, aún estás aprendiendo a hacerte pajas y no haces más que jugar a la videoconsola. Cosa que sigues haciendo, por cierto.
La cuestión es que esta piba, que creo que se llama Ana o Alba o algo que empieza por A, siempre ha sido muy guapa y siempre me ha puesto a cien, a diferencia de la otra morena que se llama Irene, que tiene más pinta de calentona, porque es la típica morenaza cachonda de ojos claros. Bueno, a lo que iba, que la Ana-Alba ésta, aunque sigue siendo guapa aún, parece que ha perdido un poco esos rasgos más afiladillos que tenía con, a lo mejor, 16 tacos y, ahora, que tendrá veintialgo, pues está como más… redondita. La cara, porque de cuerpo sigue siendo esbelta y, repito, tiene dos tetas que me podría estar comiendo durante días. Dios. Bueno, la cuestión es que mientras estás mirando a este tipo de chicas, que te despiertan tanto deseo como asco, pues siempre te sientes incómodo, pues de alguna forma, cuando te miran por casualidad y sin prestarte atención o cuando te las presentan sólo por pura cortesía o porque tu amigo se tira el pisto de que las conoce y le mola hacer de “presentador", ellas te miran, decía, como con esa cara de “sí, soy yo, sé lo que estás pensando". “Joder, vale, tú ganas", piensas enseguida. “Reconozco que te follaba mil veces", pareces decir con tu sonrisilla estúpida y quizás nerviosa. Pero también es verdad que algo dentro de ti, algo sin lugar a dudas mezquino y podrido, asegura que vale, te la follabas, pero nunca harás el ridículo detrás de ella. Esa cosa fétida que te dice eso es probable que también provoque que frunzas el ceño, critiques a saco a los demás y te sumas en una especie de ponzoña propia, que sólo se exorcizará -o se agravará- cuando te hagas una paja al volver a casa, y cierres los ojos -por no ver el techo o el váter- y te la imagines gimiendo o gritando como una loca mientras le metes la polla por todos los sitios imaginables.
En éstas que ya todo el mundo parece haberse tranquilizado, después del revuelo de las presentaciones y el intercambio de pareceres sobre la noche, el sitio, qué tal van las cosas, etc., y cuando ya la cosa va a acabar ahí y ellas se quedan -apropiadamente acompañadas por sus perros falderos- al lado, de pie, como cualquier otro grupo normal de gente, va alguien, alguno de tus amigos, que aún charlaba con ellas, y te dice, acercándote a una: “Eh, te acuerdas de ella, ¿verdad?". Er, sí, respondes, sí, claro, “cómo no me voy a acordar, la hostia", piensas, mientras le das dos besos y ella a lo mejor ni siquiera te dice nada, como queriendo simbolizar y dejar claro lo poco que le importas. Yo veo esto y me parto, pero resulta que aquí nadie se salva de pasar por el aro, y me encuentro con que un amigo me está arrimando hacia una de ellas, hacia la famosa Irene, que sigue igual que siempre, y mientras mi colega dice “Te acuerdas de Irene, ¿no?", yo balbuceo algo así como “ah, Irene, ¿no?” y claro, como mi frase y la de mi amigo son casi iguales y yo voy un poco pedo, o más bien estoy en plan pasota, y ella me mira con cara de “¿qué coño dices?” y con sonrisilla de “vaya tipo", mientras me da los dos choques de mejilla de rigor. Yo pienso algo así como “rock & roll” mientras la miro, y ella sonríe, mira a mi amigo y siguen charlando de algo que no escucho porque vuelvo a mi sitio a comentar todo esto con otro colega y todo se empieza a difuminar, porque entramos en ese momento de la madrugada en el que el cielo se aclara pero todo sigue oscuro aquí abajo.
©2006
Un pequeño relato de hace la friolera de seis años. Por aquel entonces, yo andaba en 3º de BUP. Sorprende y reconforta comprobar que ya desde entonces esas ideas rondaban por aquí dentro.

CAMINABA DESPACIO
Caminaba despacio, sin prisas. No tenía nada que hacer, así que había decidido bajar a la calle a dar una vuelta y pensar un poco. Una fría ráfaga de viento le hizo despedirse de sus pensamientos. Se abrochó el abrigo y continuó meditando. Metió las manos en los bolsillos, movió las monedas que tenía. Pensó que iría a comprar tabaco.
Abrió el paquete, rompió el papel de aluminio, sacó un cigarrillo. Lo encendió, saboreó la calada. Continuó andando calle abajo, pensando en ella. La chica de sus sueños, su novia. Una parte de su cabeza, traicionándole, le recordó que ya no era su pareja. Le había dejado, abandonado; no sin antes destrozarle el alma. La imaginó bailando desnuda sobre una cama, bañada por una tenue luz, moviéndose al son de una lenta música. Su esbelta y grácil figura al trasluz. Imaginó que la tocaba delicadamente; que la besaba, que se abrazaban. Que ella le seguía amando. Pero se dio cuenta de que todo era una mentira, nada de eso volvería.
Última entrega de esta historia de rencores que salen a la luz. Te refresco la memoria: un tipo voraz se cobra una nueva pieza una noche cualquiera. Todo parece ir bien, pero al narrador le da la impresión de que ha topado con una chica que se quiere pasar de lista, y decide no dejarla irse de rositas.

…
Dale
Dale, Don, dale
Pa’ que se muevan las yales
Pa’ activar los anormales
Y al que se resbale
Boster dale, dale
Dale, Don, dale
Pa’ que se muevan las yales
Pa’ activar los anormales
Y al que se resbale
(Looney Tune, dale!)
Medito todo esto, la miro y no puedo evitar reírme.
–Dime una cosa: ¿no te irás a pirar y no volver?
Ella pestañea rápido, sonríe de forma automática. Durante un instante se le ha descontrolado todo esto, pero ella sabe disimular. Saldrá de esta incómoda situación. Si yo la dejo, claro.
–¿Qué dices? No, no, qué va, qué tontería –y se vuelve a reír, como una tonta.
–Venga, anda, no disimules. Se te nota a la legua. No pasa nada.
Deja de reírse, y cambia la estrategia. Empieza a sospechar que voy en serio con todo esto, que no es un comentario en broma.
–Oye, que no, que no me iba a ir, ¿por qué dices eso? –abre los ojos de forma significativa.
–No, en serio, deja de hacerte la tonta.
Esto ya no le hace gracia. Aprovecho su silencio.
–Te conozco –le suelto, dándome un aire de misterio un poco gilipollesco, pero que me queda bastante bien.
–¿Qué? ¿De qué? –juro que parece asustada, la muy estúpida se ha tomado el comentario al pie de la letra. Intuyo que esta línea de diálogo me va a dar mucho juego. Ella utiliza su cuerpo, yo utilizo la palabra. A ver quién gana hoy.
–No disimules, lo sabes de sobra.
–Pues no, no sé, dime a ver.
Ella ya ha adoptado la típica pose de autodefensa. Quiero decir: brazos cruzados, se retoca el pelo, postura de azafata marcando cadera, en plan chula. ¿Crees que me impresionas? Sonrío de la forma que más le jode a este tipo de tías: con cinismo, con aires de superioridad. Una sonrisa que dice: “vale, te follaba, pero eso no significa que tengas el control”. Una sonrisa que ella y las de su calaña llevan años maldibujando en sus caras. Una sonrisa que, cuando ven que está dedicada a ellas, odian. Porque se descubren a sí mismas deformadas, como en un espejo de feria. Medito acerca de todo esto sin dejar de sonreír así. Ella no aguanta más.
–Oye, pero… ¿pasa algo?
–No disimules, no seas zorra –le salto.
El protagonista se deja llevar por su instinto, aunque parece que su chica de esta noche no está por la labor. Pero él no piensa dejarse manejar.
…
Me dicen, mami, que esta noche tú estas algarete
(Dale, papi, que estoy suelta como gabete!)
Te andan cazando el Boster y los mozalbetes
(Que se tiren, que estoy suelta como gabete!)
Hay una fila de charlatanes pa’ darte fuerte
(Que se alisten, que estoy suelta como gabete!)
Entonces tírate bien suelta, como gabete
(Dale, Omar, que estoy suelta como gabete!)
Carraspeo, sonrío.
–¿Pasa algo?
–No, qué va –y me da un pico y todo–. ¿Por qué dices eso?
–Me parecía que te apartabas –susurro, intentando que parezca un comentario despreocupado, cuando lo cierto es que estoy apretando los dientes.
Ella se ríe, con cierta sobreactuación, incluso ladea la cabeza. Me acaricia el rostro.
–Anda, qué dices. No seas tonto…
Me coge del cuello, me acerca a sí y me besa unos instantes. Yo me dejo hacer, no pongo demasiado de mi parte. Ella se separa.
–Ay, perdona un momento, ¿vale? Tengo que ir al baño… –y suelta una risita tonta, como excusándose por ser humana y tener esa supuesta necesidad.
La retengo suavemente, pero con firmeza, agarrándola de la cintura. La observo con la mirada gélida. Cualquiera diría que tiene un rostro inocente, y lo cierto es que parece más joven de lo que seguramente sea en realidad. Pero yo la veo, ahora, como un monstruo. Fea, retorcida, mezquina. Para mí, por mucho escote que muestre, por mucho de rosa que vista, por muy blancos que tenga los dientes cuando sonría, por mucho que resuenen sus tacones cuando camine; para mí esta chica es un ser despreciable.
Un bar, una conversación… veamos cómo sigue.
…
En un momento de la conversación he notado, como una percepción extrasensorial, casi como una visión, que si besaba a la castaña me iba a corresponder con todas sus ganas. Y así ha sido, así está siendo. Han debido de ser sus hormonas, ha tenido que ser mi instinto más profundo, animal, que me ha hecho salivar, me ha acelerado la respiración, he sonreído, he posado mi mirada voraz sobre ella, he entreabierto los labios, la he cogido suavemente de la barbilla y la he besado. La estoy besando. Y ella posa sus manos sobre mi espalda, como dándome la bienvenida. Yo la aso del culo, lo manoseo con fuerza. Recorro su cintura, sus tetas. Está en forma.
Hoy tu vas a ser mía
El Don te desafía
Segura en mi vía
Cuidao si te tira
Y si tu novio se activa
Yo activo la guerrilla
Y si el Boster te lo pilla
No le va a dar ni cosquilla
De pronto, me doy cuenta de que estoy demasiado inclinado sobre ella, en una postura demasiado forzada. Como si ella se hubiera echado hacia atrás. Joder, es que se ha ido retirando lentamente, de forma casi imperceptible, centímetro a centímetro. Me recuerda a esos rollos adolescentes de mierda, cuando estabas comiéndote la boca con alguna que medio sí quería y medio no, y entonces te dejaba que la tocaras el culo pero no las tetas, o las tetas sí pero no el coño, o te dejaba que le tocaras el coño pero no que le quitaras las bragas… Joder, fíjate hasta en el vocabulario: “te dejaba”. De chavales nos meten en la cabeza que los tíos son cerdos que sólo quieren follar, y que las tías son inocentes muchachitas que buscan amor. Cuántas mentiras. Cuando lo cierto es que todos queremos lo mismo.
Presento la primera entrega de un nuevo relato. Continúo con mi temática chico-conoce-chica, pero qué le vamos a hacer, puede que no tenga remedio. Espero que lo disfrutéis. Y si no, pues nada.
HISTORIA DE UNA ERECCIÓN
©2005 José J. M.
Gocho!
Don, Don!
Camino con la mirada perdida en el infinito, altivo, como si todo me importara una mierda, como si la carne que se mueve a mi alrededor no significara nada. En realidad, escruto con frialdad a las chicas que me llaman la atención. Aparto con cierto desprecio a un capullo víctima del gimnasio. Atravieso un corrillo de cuatro chicas, la rubita me mira, intentando disimular, con clara admiración. Le dedico un vistazo, para darme cuenta al segundo de que no merece la pena: demasiado bajita, feúcha, ni gorda ni flaca. Por cierto, bonito eufemismo para describir la medianía más vulgar. Giro la cabeza, aprieto los dientes y como si la rubita nunca hubiera existido.
Dale
Dale, Don, dale
Pa’ que se muevan las yales
Pa’ activar los anormales
Y al que se resbale
Boster dale, dale
Llevo un rato hablando con una de pelo castaño que tiene un buen culo y buenas tetas. Complexión delgada, no viste mal. No es guapa, desde luego, pero tampoco es fea. De alguna forma me ha caído bien al sonreírme un par de veces, y me ha picado la curiosidad. Estamos en mitad de esa charla intrascendente a gritos en el oído. Un trago de mi copa y, no sé por qué, se me sube el ánimo. Miro de reojo a éstos: siguen bailando alrededor de un grupito de pijas que se hacen las difíciles. En éstas, la castaña (la llamaré así a partir de ahora) dice algo que me obliga a pensar:
–Y qué, ¿te gustó París?
No he estado en París, aunque hace un momento la he dicho que sí de una forma efusiva absolutamente fuera de lugar. A ver…
–Sí, precioso. Estuve tres meses y… genial.
–¡Qué guay! Yo acabo de llegar, de Erasmus… ¿dónde vivías?
Vamos a ver. ¿Qué sé de París? La torre Eiffel, Nôtre Dame, el río éste, el Moulin Rouge… el barrio latino. Eso.
Dale, Don, dale
Pa’ que se muevan las yales
Pa’ activar los anormales
Y al que se resbale
Boster, dale!
–En el barrio latino, un pisito.
–Joder, qué bien, qué bonito… yo no, yo vivía al sur, en –y me suelta una palabra que no entiendo, claro.
–Ah, ya. Bueno, no está nada mal –pongo cara de entendido.
–Ya, estuvo muy bien.
Apenas puedo reprimir una carcajada. Es como un juego, o un chiste, como una serie de televisión. Me invento algo, pongo caritas y la otra tonta me sigue el rollo. Ay que joderse.
Yo la cojo máquina
Pa’ pillarla en una esquina
Como ron, qué fina
Tremenda asesina
Se peina y se guilla
Se viste y se maquilla
Traquila, chiquilla
O te siento en mi silla
… (continuará)
La canción “Dale Don dale”, interpretada por Don Omar, es propiedad intelectual de sus autores (©).
Por fin, el esperado (je, je) quinto y último capítulo del relato que ha venido conociéndose en entregas. En esta última, el narrador reflexiona sobre la cita que terminó en un breve y placentero encuentro sexual en el baño de un bar…
5
Hace tres semanas que llegué a casa más o menos pronto de aquella cita, pues ninguno de los dos teníamos más cosas que decirnos o hacernos. Me quité los pantalones y confirmé que, efectivamente, se habían manchado con alguna guarrada que ni siquiera me atreví a imaginar. Guardé en el cajón de los condones el condón que no había utilizado. La camisa apestaba a humo y sudor. Me olí. Olía a ella, a su colonia, perfume o lo que se echara. Era suave, afrutado, muy empalagoso. Pero despertó algo en mí, una ligera excitación. Me acosté.
Hace tres semanas que me follé en un bar a una vieja conocida, ni siquiera amiga, a la que no veía desde hace meses. Y en estas tres semanas no he sabido nada de ella. No me he molestado en llamarla, ella tampoco. Somos un tío y una tía que se conocen poco más que de vista, que una noche quedaron y que se lo montaron. A los dos nos apetecía y lo hicimos. ¿Para qué tiene que haber algo más?
© José J. M. 2003
Ofrezco aquí el cuarto capítulo del relato “Una llamada". El narrador y la chica acaban de besarse…
4
Joder, qué tetas. Generosas, firmes, suaves. Las chupo mientras ella echa la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados y la cara roja de excitación. Gime levemente, me pone aún más cachondo. Yo me limito a exhalar con fuerza y a chupar. Como un relámpago, me sobreviene un momento de claridad. Estoy sentado en un váter de los baños de tías del bar. Ella está encima de mí, moviéndose rítmicamente y apretando mucho su pubis contra mí, supongo que para excitarse el clítoris. Es curioso. En estos momentos en los que dejas de atender a lo que estás haciendo, te pones a pensar en las cosas más insignificantes. Piensas si te estarás manchando los pantalones, que ahora mismo están a la altura de los tobillos, restregándose en el suelo. Te esfuerzas en recordar que miraste bien si estaba limpia la tapa del váter antes de poner la cazadora y sentarte encima. Te preguntas dónde has tirado su sujetador, hasta que te das cuenta de que aún lo lleva abrochado y caído en la cintura. Piensas dónde habrá dejado las bragas, qué habrá hecho con el bolso, que casi le rompes las medias al ayudarla a bajárselas, que menos mal que lleva falda, que…
Me agarra la cabeza con las dos manos y me besa con fuerza mientras se corre. De hecho, me muerde y me hace daño. Lo cual, curiosamente, despierta de nuevo la excitación en mí y acelera mi ritmo de empujones hasta llegar a mi orgasmo. Noto cómo fluye el semen con fuerza. Es curioso, siempre me había corrido yo antes que ellas, que me pedían que no parara hasta que llegaran. Esta vez ha sido al revés. Debe ser que tenía ganas de verdad.
Nos sonreímos, satisfechos. Me besa con dulzura.
Ha sido el mejor polvo de mi vida, te lo juro.
Me siento halagado por su comentario. Mientras le miento y le digo que para mí también ha sido el mejor, intento recordar cuál ha podido ser, de verdad, el mejor polvo de mi vida. Elijo uno con mi primera novia, poco antes de que cortáramos definitivamente. Conseguimos corrernos a la vez.
Continúa la trama de mi relato “Una llamada". En esta tercera entrega ofrezco los capítulos 2 y 3 de forma íntegra. Refresco la memoria de los lectores: el narrador concertaba la cita con la chica…
2
Estoy desde hace diez minutos esperando en el lugar de encuentro. No es que sea un ansioso, simplemente he tardado en llegar menos de lo que pensaba. La noche se presenta movida, y he pasado de traer el coche. No es bueno conducir si vas pedo. He comido algo, me he duchado, me he puesto mis calzoncillos de follar. La verdad es que no entiendo eso que hacemos todos, tener algo de ropa interior especial, cuando, en realidad, terminas haciendo esas cosas especiales (follar) con precisamente la ropa interior más vulgar. Saber que tu novia o lo que sea se va a poner un liguero negro de forma premeditada le quita emoción. Lo ideal es que se diera la casualidad. Y pocas veces se da.
Llevo dos condones. No es por ser un fantasma, pero también pasa que precisamente la noche que no te lo imaginas, vas y follas. Y si estás en una casa, vale, porque siempre terminas encontrando condones en una casa. Pero si estás en el coche o en unos baños, la cosa está más jodida. Y nunca está de más ser previsor. Además, lo de hoy parece bastante claro, ¿no?
Como luego no ocurra todo lo que estoy presagiando, se me va a quedar una cara de gilipollas…
Hace ya un tiempo expuse aquí el comienzo de un relato titulado “Una llamada". Bien, aquí continúa, hasta el final del primer capítulo, la conversación que habíamos abandonado entre el narrador y su interlocutora:
(…)
Llevo un minuto hablando y esto ya parece un partido de tenis. Me concentro en comprender su respuesta, su siguiente pregunta y rezo para estar preparado y responder acertadamente. Entonces me tocará preguntar a mí otra vez. Y así hasta que uno de los dos cuelgue o esta tía me cuente de una puta vez para qué me ha llamado.
Ah, bien. Estudiando mucho, y eso.
Un silencio. Quizá está durando un segundo escaso, pero parece un minuto. Fin del partido. Comienza la conversación de verdad. Sorpréndeme.
Oye… ¿tienes… pensado hacer algo… esta noche?
Sorprendido. Lo has logrado. Me has dejado de piedra. Y mientras pienso esto, ya ha pasado un segundo. Un segundo que a ella le habrá parecido un minuto. Por primera vez en mucho tiempo, digo la verdad.
Pues no, no tenía nada pensado.
Bueno, por lo menos he ganado un poco de tiempo. ¿A qué coño viene esto? ¿Estoy soñando? ¿Quiere que quedemos? ¿Con más gente? ¿Ella y yo solos? ¿Quiere enrollarse conmigo? ¿Quiere pedirme algo, que le haga un favor? Dios, suéltalo ya.
Es por… por si te apetece que quedemos. Para vernos, charlar… no sé, hace mucho que no hablamos.
Joder, joder. A ver, aclarémonos. ¿Querrá tomar un café y hablar de chorradas y desahogarse conmigo? ¿O quiere tomar una copa, otra, muchas copas, y que nos enrollemos, quizás que me la chupe, o incluso vamos a su casa, porque esté sola en casa y…? Noto el principio de una erección. Estoy emocionado, como un niñato que se enrolla por primera vez con una tía.
Ah, guay. Es una buena idea.
¿Guay? Debería dejar de decir esas gilipolleces. Y debería mostrar más interés. Le preguntaré si tiene pensado algo en concreto.
¿Tienes pensado hacer algo en concreto? -Bueno… he pensado que quizás una copa… conozco un buen sitio, me dice.
¡Enhorabuena, es usted nuestro cliente un millón y le ha tocado un magnífico microondas! Desde luego, creo que hoy es mi día de suerte. A esta tía le debe estar quemando algo dentro, porque no lo entiendo. Veamos: buenas tetas, en su sitio y con pinta de firmes; un culo turgente y bien puesto; guapilla de cara y simpática… un buen partido, qué coño. Y, de pronto, tras tres meses sin saber nada el uno del otro (y, por lo menos por mi parte, sin importarme demasiado esta circunstancia), me llama para que tomemos una copa. ¿Soy yo, que ya estoy pensando con la polla, o esta tía quiere conmigo? Vale, sea lo que sea, hay que zanjar el tema:
¡Ah, estupendo! ¿A qué hora quedamos?
UNA LLAMADA
José J. M.
1
¿Qué hora es? Me he debido quedar dormido… serán las seis menos algo, o las seis y algo. Estoy tumbado en la cama, con los ojos tapados con el antebrazo. ¿Qué voy a hacer esta noche? Probablemente nada, quizás ver una película, como he hecho esta mañana. No me apetece nada salir, ya lo hicimos ayer. Nos lo pasamos bastante bien, llegamos a las seis o por ahí, creo. Hace doce horas. Es lo que suele pasar después de una gran noche de borrachera y cachondeo con los amigos. No te apetece intentar repetirla al día siguiente. Continuar leyendo…
¿Por qué me he despertado? Ah, el teléfono, suena al otro lado de la casa, muy lejos. Alguien lo coge. Mierda, me llaman. Es para mí. No me apetece hablar con nadie. Bueno, a ver quién es. Ninguno de éstos, seguro. Estarán igual que yo, dormidos.
¿Sí? -¡Hola!
Una voz de tía. Qué raro. No porque sea de una tía, sino porque es de… Dios, ¿hace cuánto que no oigo esta voz? Por lo menos han pasado tres meses desde que no la veo. ¿Qué coño hace llamándome? Se supone que somos colegas, conocidos, medio amigos, pero…
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